Relatos de Bautista: Florencia

La reconocí al instante, tengo, y lo digo con modestia, una memoria precisa, y aunque selectiva, aquello que decide atesorar, perdurará toda la vida en mi cabeza, por eso pude reconocerla incluso de espaldas a mí, sentada cuatro filas de asientos hacia el frente del colectivo. Se llamaba Florencia, aún se llama, y este nombre hermoso nunca le fue fiel; de todo lo simbólico que puede tener el nombre, la voz de una Florencia tal, Flor, la presencia, o lo que sea que la mente vaya asociando de forma acumulativa mientras uno se cría, esta Florencia solo tenía de bello, el orden de las letras que formaban el nombre.

Y allí estaba, seguro de que me había visto subir, clavando esos mismos ojos nuestros, ojos a montones, marrones y simples, algunos más duros, más agresivos, y sin embargo, al verme, no me hizo ningún gesto, ningún saludo. Puede que exista una especie de vergüenza (al menos en mí la hay) cuando alguien del pasado me cruza, y se me sale por la boca un deseo de súplica a modo de disculpas, de confesar amargamente: “lo siento, te recuerdo, pero viviendo me olvidé de ti”. No me importó su disimulo, sino que su imagen trajo de nuevo aquella época que vivirá siempre en mi memoria, la época de rodillas raspadas y guardapolvos, donde creíamos con toda la pasión del corazón que éramos héroes de la mañana, del recreo y, por lo tanto, de ese paisaje que nos esperaba en el horizonte; ser lo que sea, pero siempre héroes.

Recuerdo, de esta Florencia, a unos asientos de distancia, con esa piel porosa, como de chancho que siempre la caracterizó, recuerdo haber leído su nombre en una noticia policial sobre un tiroteo por causa de drogas; según el enunciado, dos desconocidos en motocicleta pasaron por el frente de su vivienda disparando contra la misma, un proyectil se introdujo por una de las ventanas y terminó su recorrido en la pierna de Florencia X. Pienso que si escarbamos un poco en la historia anunciada por el diario, de seguro podría encontrarse algo de “heroísmo”, de esa arrogancia que nos jurábamos. ¿Cómo pudo aquella niña con sobrepeso, capaz de ser dulce pero enojona por las burlas a su físico, terminar en un caso de drogas? No me interesa y hasta me gusta; lo correcto no es para todo el mundo.

Pero Florencia no subió sola al colectivo. A su lado la acompaña un hombre con demasiados años y demasiada vida; su pelo blanco era corto, casi rapado, y así y todo logra quedarle desprolijo, la barba igual. Sospecho que por el tono de su piel es un ávido bebedor de vino, de esos tipos que pueden pasarse el día entero observando el descampado del frente bebiendo hora a hora la bebida cada vez más tibia. Él saca dinero y ella lo abraza, entonces él baja una mano, ella se acomoda un poco, van hablándose al oído en susurros. Reconozco lo que Florencia hace, cómo se alimenta. Y la cosa no tendría mucho más, este tema de cruzarme a la gorda de séptimo, pero conozco otro detalle sobre ella; quizás diez años atrás, o nueve años atrás (con las fechas mi memoria sí es mala), ella se casó, logró encontrar una estabilidad, alguien que quiera y ame a su hija por más que el padre de la pequeña no haya existido nunca, y el hombre con quien contrajo matrimonio era un pastor evangélico de nombre B.

Imagino que el matrimonio es aburrido en sí mismo, pero casarse con un pastor debe ser un hartazgo de suspiros. Además, comprendo bien a los héroes de aquella infancia: llevamos ese germen que todo el tiempo nos está diciendo que los días no arreglan nada y que por lo general destruyen las cosas, así que estarse quieto y creer en poder arreglar nuestra vida en quietud, nos es difícil. Y veo a Florencia, la gorda “horrible”, destruyendo su matrimonio, podrida de la rutina, porque ella es una heroína y esa es la promesa de la niñez que nadie pudo arrancarse. La veo lanzarse sola a estas calles llenas de vapores poco amigables y la veo también esperanzada de que era su momento y de que ella podría todo. Pero el hambre, y sobre todo la producción del hambre, no es amiga de nadie.

Entonces la puedo reconocer pensando que, quizás no sea mala idea que ella se convierta en narco, pensó que podría vender droga solo por unos meses, hasta acomodarse; solo que no hay nada más peligroso que ese mundo de mandíbulas y sangre espesa, y los costos que subieron y subirán, y ya poco importaba si lo que hacía estaba bien o estaba mal, al menos hasta el momento de sentir un minúsculo pedazo de metal —si lo comparamos con su cuerpo— pegándole en su pierna y hacerla caer al suelo. Descubrir entonces que debía cambiar de oficio, y este oficio que ahora hace sin disimulo, delante de otro “héroe” de la infancia como yo, no está tan mal; los viejitos a lo sumo se emborrachan y tocan de más, ese es todo el peligro. Y yo la miro y pienso: estos son los héroes que somos, los que quisimos o pudimos ser. Pero no yo; Florencia y el resto son los verdaderos. Yo solo proyecto una mirada sin respuesta a través de los vidrios del bondi, pensando en cómo haré para comer hoy por la noche.

Relatos de Bautista: Los cartelitos

Una vez vi el kiosco de mamá, sabes, era igual pero no era el de mamá en sí, quiero decir que lo que vi era un kiosco igual a como mamá lo hubiera tenido, de eso estoy seguro y a eso me refiero —tomaba un mate y de a ratos, Bautista, hacía una pausa, mientras su amigo escuchaba y se encargaba de devolverle cada tres minutos, el dicho mate— Porque cuando volví de la gran ciudad tenía en mente ese regalo, un kiosco que sea casi un almacén, es decir que tenga algunos productos que por lo general se consiguen en un almacén cualquiera y no en un kiosco de esos como vemos en el centro, entonces, para explicarme mejor, era más bien una despensita con cosas de kiosco o un kiosquito con cosas de almacén, según quieras verlo, y como dije, lo vi, y la señora no era en nada parecida a mamá, la señora que atendía el kiosquito/almacén, pero sí tenía más o menos la misma edad; y entonces al verlo se me rompió el corazón a la vez que me di cuenta de que si le hubiera hecho tal regalo a mamá me hubiera muerto de tristeza, y no por el kiosco o por que cualquier cosa dentro del mismo estuviese mal, al menos así como lo vi a ese, que hubiera sido igual al de mamá; no, no hubiera muerto de tristeza por el aspecto del almacén kiosco, sino por los cartelitos y por la visión que tuve, y que hasta el momento de descubrir ese kiosco que tanto había imaginado, esa visión no se me había representado. Porque lo pude ver todo a detalle, sí, desde afuera me di cuenta que el kiosco con cosas de almacén era un garage, y por dentro dejaba ya de ser garage y se convertía en dos cosas, la primera mitad del garage era el kiosco en sí, luego, a la mitad, una gran cortina dividía lo que era el almacén con cosas de kiosco y pasaba a ser una casa de familia, diminuta por supuesto, porque de forma disimulada, haciéndome el que buscaba algo en las pocas estanterías, pude ver que tras la cortina había una camita de una plaza y encima de ella una frazada muy correcta y prolija de color marrón, al costado de la camita dejaba verse un baño diminuto, luego, en la pared más cercana a mi, un televisor colgaba de ella y reproducía un partido en silencio, eso era toda la casa, y estaba ahí: detrás de la cortina que intentaba disimular que la kiosquera tenía su casa y su comercio en un solo garaje; pensé que el tiempo no modifica las costumbres, más bien se me hace que estas y el pudor es moldeado por nuestras crisis económicas;en fin, giré y vi a la kiosquera terminando de embolsar mis compras sin darse cuenta de mi mirada hacía su casa, pero la visión no es eso, lo que vi, y fue culpa de los cartelitos, si, de los cartelitos de los precios debajo de cada producto, eran hermosos y mientras pagaba vi esa visión y concluí que me salvé de haber muerto si le hacía ese regalo a mamá, porque la vi levantándose, no, mejor dicho despertándose entre las siete y veinte y las siete y media de la mañana, abriendo los ojos y, desde la cama, tantear en la silla que cumplía el rol de mesita de luz, tocar el control remoto del televisor y encenderlo para iluminar un poco el cuarto. Desperezarse un poco, ir al baño y poner la pava para el mate, luego abrir el kiosco a las ocho en punto mientras algún noticiero inunda desde el televisor todo el garage/casa/almacén, y la vi sentarse detrás de ese mostrador que siempre imaginé, a esperar, a casi rezar porque entren clientes, con el sueño entre los ojos de alguna vez expandirse y demás, con la esperanza inquebrantable, con amor; y con ese amor estaban hechos los cartelitos, cada producto con su cartelito, incluso los que estaban en la heladera, todos los precios dibujados con amor en un pedazo de cartulina amarilla recortada con paciencia y una inquebrantable esperanza, y lo que es hermoso, lo que me maravilla, es esa esperanza por la vida en sí misma, imagínate, una persona entrando en la tercera edad, mamá, pasando todos sus días, desde que se levanta hasta que se acuesta, todas las horas del día, dedicada a esos cartelitos hermosos, recortando y dibujando precios, con paciencia, imagínate, un trabajo de nunca acabar en este país, dónde tenes que retocar los precios a diario, y hacer todo ese trabajo día a día con entera felicidad, contenta de haber visto entrar al negocio a diez o doce clientes como mucho, esperanzada de que algún día podría expandirse, y satisfecha con su día a día, con su casita/kiosco/garage; ganando no más del treinta por ciento por cada producto vendido, porque mamá siempre odió a los almaceneros ladrones, y así y todo, feliz, y el hilo de tristeza, de nostalgia, no esta en esa rutina que a mi me desesperaría, y a otros tantos igual, sino que pienso, ¿Sabes lo qué es perder a una persona así? Que puede pasarse décadas trabajando allí, sin perder jamás la esperanza, pensar eso es lo que me hubiera matado. Pero por eso pude ver que mamá es una maestra.

Relatos de Bautista: Aprender a hablar

– Déjame que te explique, dame al menos la posibilidad de poder contarte porque aún no tengo el dinero del alquiler.

– No me macanies.

– ¡No! No macaneo, hubo un par de inconvenientes que me son ajenos por completo, lo que los originó me es algo ajeno y así y todo termina por afectarme y por lo tanto a usted también.

Según el dueño del departamento, ya venía en camino la chata para cargar todas las porquerías de Bautista, y llevárselas quién sabe a dónde. Bautista intentaba un último lance, que en su mente era “El Lance”. Pero, a pesar de esto, en el relato a continuación, todo lo dicho fue verdad.

“… Es así señor, cobro cuarenta mil pesos al mes, en total, ya que recibo diez mil pesos todos los viernes. Le soy sincero, esa es mi economía, y usted me cobra veinte mil pesos por mes el alquiler del departamento, ¿qué hago entonces? Simple, guardo cinco mil pesos por semana, y el resto, los otros cinco mil pesos, los uso para comer los siete días restantes hasta llegar al otro viernes, y piense, tiene que entender, usted construyó esto, es un hombre de mucha plata, debe entender, imagínese que una gaseosa cuesta hoy en día cuatrocientos pesos, y yo como siete días con cinco mil…”.

El dueño de los departamentos estaba inmutable, Bautista quería que le responda, una frase, un gesto, algo que le hiciera saber que el lance, por más lance que fuera y que estaba cargado de verdades, estaba generando algún resultado. “…Aparte, señor López, tenga un poco de memoria, durante veintidós meses aboné el alquiler de forma puntual, esto es cuatrocientos cuarenta mil pesos, y hoy, porque me pasé diez días ya se quiere poner así y echarme a la calle, y fue así, espéreme, no se impaciente, que si no no le puedo contar como es que me equivoqué, porque confié en lo siguiente: mi patrón me había dicho que una semana de estas que pasaron me doblaría el pago semanal, a modo de bono, de premio, como usted quiera entenderlo, y me dijo que me lo daría el mes que yo no le pude pagar, porque confié y tuve mala suerte. Recuerdo bien que era Jueves, y volvía como siempre, caminando desde el trabajo, y sabe que para llegar desde el depósito hasta mi casa debo atravesar todo el centro, y justo ese Jueves, cuando volvía, estaba contento, ya que el día siguiente sería mi último día laboral de la semana y además con un bono que doblaría el monto de mi pago, y la mala suerte consiste en que, cuando estaba atravesando el centro de la ciudad, quedé encantado por un pantalón, sí, así como le digo señor López, el maniquí de una de las tantas tiendas de ropa del centro, hizo que me enamorara del pantalón que le habían puesto. ¿Cree que estoy loco? No se burle, yo me enamoré de ese pantalón, pero mi mala suerte no terminó ahí, ya que sentí el deseo de comprarlo, y es un deseo muy extraño en mí, por eso hablo de mala suerte, ya que yo nunca me compro ropa, jamás, toda la ropa que usted, señor López, me ve vestir a diario, es ropa regalada de la iglesia o de algún amigo o algún pariente, pero tuve ese enamoramiento súbito, incontrolable, porque era un pantalón hermoso y se me había entrado el bicho de comprarlo.

Entonces pensé, mañana por la tarde, muy por seguro voy a recibir el bono prometido por el patrón, y apoyé este pensamiento basado en que desde el lunes anterior a ese jueves fatídico, el patrón, todos los días me comentaba sobre el bono, y seguí reflexionando allí mismo, con los ojos clavados en el pantalón, y la reflexión fue la siguiente: con todos los meses que le aboné a usted, bien podría haberme comprado una moto cero kilómetro, o lo que equivale a decir que le di a usted una motocicleta cero kilómetro, yo, que todos los días camino cuarenta cuadras de ida y cuarenta cuadras de vuelta para poder ir a trabajar, y era jueves, y ese pensamiento de la moto más el bono al día siguiente, todo eso junto me arrebató el titubeo, entré a la tienda y me compré mi amado pantalón. Cuando llegue a mi casa, luego de la compra, caí en la cuenta de que era el primer gusto que me daba luego de muchísimos años, pero mi mala suerte no terminó ahí, porque al otro día recibiría un bono y podría cubrir con tranquilidad tales excesos, entonces, ese jueves, mientras observaba mi pantalón nuevo recostado en mi cama, sentí que tenía muy pocas ganas de comer arroz, y más aún, debía estrenar mi pantalón nuevo, entonces otra vez la mala suerte, decidí salir a comer afuera, una pizza y una cerveza, pagada por mí sin necesidad de andar lastimando el bolsillo de algún amigo, y vistiendo el hermoso pantalón nuevo. Luego, al otro día llegó el castigo a mi atrevimiento, no hubo bono ni premio, o como usted quiera llamarle, y desde entonces toda mi economía, calculada y ejecutada con rectitud, ha vivido una hemorragia de la cual le es imposible recuperarse, esa es toda la verdad señor López.

Cuando la camioneta que se llevaría los muebles de Bautista llegó, López, el dueño de los departamentos, tuvo un gesto que Bautista confundió con la creencia de que su lance había funcionado. Pero López, en seguida puso la mejor cara de hijo de puta (no le costaba mucho) y le dijo:

—Tenes un minuto para sacar dos cosas, ni una palabra más porque te rompemos la cabeza.

El chofer de la camioneta, por lo visto acostumbrado a tales actos de López, bajó del vehículo arremangándose el buzo.

Bautista subió las escaleras lo más rápido que pudo, tomó su pantalón nuevo, metió lo poco que tenía dentro de una bolsa y salió. Cuando se alejo una cuadra, pensó en volver y pelear, pero la mala suerte ya se le había ido y lo supo porque reflexionó: “No puedo pelear, mañana debo ir a trabajar”.

Relatos de Bautista: Fecha de pascuas

El kiosco estaba en una calle de tierra, pude elegir otra cosa. Ir hasta la avenida y ver otras opciones, deambular entre estanterías llenas de productos que muy rara vez compro, pero el kiosco en la calle de tierra queda a cien metros de distancia de mi cuartito, y siempre que no tenga que caminar mucho, mi ánimo no se estropea. Sí, ya lo sé, dicen que caminar hace bien al corazón, excepto el día que te toca tener un infarto. Como sea, entré al kiosco para comprar un poco de pan, y quería revisar los precios de los huevos de chocolate, tenía la intención de comprar uno y regalárselo al niño que vive en mi mismo terreno; el niño es pobre, como yo, pero los adultos no importamos ya. Sucede que desde el lunes anterior a la festividad de pascua, la idea de regalarle un huevo de chocolate me hacía sentir bien.

Cuando entré una viejita que apenas se sostenía en pie, pedía una lata de picadillo y tres felipes de pan.

—Del más blandito que tengas, hija, que no puedo comer la cáscara.

La viejita se encontraba a metro y medio de mí, bien enfrente e intentaba sostener su cabeza por encima de la heladera mostrador, la kiosquera hacía lo mismo del otro lado, ambas unidas en el esfuerzo de verse y escucharse. A mi izquierda, unos metros en diagonal hacia delante, un grupete de niños veía y seleccionaba los huevos de chocolate, aguardando todos ellos, con ansiedad, que la señora, más digo, la viejita apenas parada, pudiera bajar del mostrador la lata del picadillo y así, al llegar el turno de ellos, poseer en sus manos sucias los deseados huevos de chocolate. Sí, esas diabluras estaban deseando los mismos huevos que yo quería regalarle al niño que vive en mi mismo terreno.

Entre tantas cabezas diminutas, que se movían y marcaban con sus dedos los vidrios del mostrador, se me hacía difícil ver los precios de los dichosos huevos, y la vieja no terminaba más, porque ahora, después de poder por fin lograr alcanzar la maldita lata de picadillo y meterla en su bolso tejido, intentaba arrastrar a la kiosquera hacia las anécdotas de su marido y lo que este finado opinaba sobre la producción de los millones y millones de latas de picadillo que se vendían a diario. Conocí, así, una vez más, la asquerosidad de lo que yo comía a menudo. Y aunque es sabido por millones y confirmado por nadie, el picadillo, decía la vieja: “está hecho de orejas, pezuñas, las colas y cuanta cosa asquerosa sobra del animal carneado, pero ¡qué importa! Adentro se mezcla y a la salida no se reconoce”. Maldita vieja de mierda. Por lo menos esa noche ya no iba a poder comer picadillo.

Esta novedad mítica, innecesaria, la kiosquera me hacía saber que ya la sabía, o al menos, las caras que ella hacía me daban a entender eso, como que la pobre vieja enclenque no cortaba más el diálogo y los pebetes a mi diagonal ya no aguantaban las ganas de saborear el chocolate de los huevos de pascua.

—Ya va, chicos, ahí les digo los precios —les respondía a los pebetes mientras me hacía caras y le decía un mecánico “ajá, señora” a esa vieja que ya me tenía podrido y me rebalsaba de ganas de mandarla a cagar. Al parecer, ningún peso de ganancia es fácil de conseguir.

Por dentro comencé a insultar a la vieja y, por lo visto, la insulté con ganas, ya que mi monólogo interior me distrajo a punto tal que cuando la viejita por fin se retiró, y también los chicos ansiosos consiguieron tener en sus manos los huevos de chocolate, actué de forma inconsciente; primero, saludé con rostro amable a la viejita cuando al salir me sonrió (o al menos eso recuerdo ahora), luego me quedé quieto para que los pibes me esquivaran como a una roca en medio del río. Muchas veces me ganan esas nubes de inconsciencia, y al volver a la realidad me encontré terminando la oración: “sí, con esta tira de pan está bien”, y agregué: “deme un huevo de chocolate… sí, ese está bien”.

Pregunté el precio, pagué el huevo pero tuve que dejar el pan y salí a la calle. Recorrí otra vez los cien metros que separan el kiosco de mi cuarto de lajas y al llegar le regalé el huevo al niño pobre que vive en mi terreno. Comí sin pan ese mediodía pero no le presté atención a ese detalle, más bien, me movía y masticaba en silencio, concentrado en los sutiles sonidos que escapaban del ranchito adjunto: las manos infantiles moviendo a velocidad al retirar el papel celofán, el chocolate casi inaudible al partirse, el niño pobre dándole un pedazo de su huevo a la madre, quien volvía a dividirlo haciendo aún más pequeño el pedazo que le regalaba su hijo, quedándose con esa porción mínima y diciendo: “con este pedacito está bien, amor —refiriéndose al niño—, viste que a mí mucho chocolate me hace mal”.

Sendero a prisión: Parte 8

DELITOS CIVILIZADOS

Ya dije que hay dos delitos naturales: el homicidio y la violación, y puede tomarse como liviano o positivista terminar la cadena de delitos solo en esas dos cosas, cuando el mundo se parece más a una habitación del infierno que a un jardín atravesado por un arcoíris.

Pensemos que, vivir, conlleva aceptar una inmensidad de reglas, son miles y miles de reglas de las cuales desconocemos, arriesgándome al dar un número, alrededor del 90% de ellas. Sin embargo, ahí están, y estas reglas son los tipos penales, que están deseosos de aplastar cualquier cuerpo, por supuesto, ese ejercicio de reducir una vida es más sencillo si quien recibe el peso de la carga no puede pagar un buen abogado.

Bien, si lo resumo rápido, cada delito que no sea natural es una degeneración de las propias paredes (esas miles de reglas a seguir) que el sistema nos impone. ¿Le libra esto a una persona sobre su responsabilidad? Penalmente no, moralmente, ya veremos…

Instantes después de salir del vientre materno, comenzamos a recibir todo tipo de etiquetas y derechos, somos sujetos de derecho. Más simple: nuestra vida pertenece a la ley, y la nacionalidad es específica, por lo tanto, vivimos para el estado. Por supuesto que hay una parte buena, y esta parte buena son: todos los cuidados obligatorios que recibimos, pero todo esto, sobre todo la parte que nos corresponde como humanos, es pura teoría. Que haya salud de mayor o de menor calidad, dependerá de las políticas de un gobierno, que haya educación, igual, oportunidades, igual, y crecimiento y adquisición de un techo básico, igual: gobierno, estado.

Que se entienda bien: esta necesidad de leyes, de legisladores, de controles, en la teoría, es humanista, es esencia humana mirando al otro, a cualquier otro, es brindar por y para todos, y es lo mejor que tenemos como especie, nuestra mejor acción evolutiva. El problema es que lamentablemente, la teoría de derechos y obligaciones no se aplica con tanta certeza como en una cuestión matemática, y ningún marco teórico político sobrevive un día de realidad.

Entonces, al nacer existe nuestra firma sobre un contrato, el famoso contrato social, por supuesto, esto es algo impuesto que jamás firmamos, pero si no hubiera impunidad de una de las partes, no vería mal esa imposición. Y ¿Qué tiene esto que ver con los delitos civilizados? Veamos… Siglos atrás, se desmembraba el cuerpo de un criminal en la plaza pública, cosa que no hubiera cambiado mucho hoy en día, teniendo en cuenta como piensa la gente, y si no hubiera abogados penalistas (y debemos agradecer que hayan, de verdad), pero cambió, hubo múltiples causas para ese cambio, una de esas causas fue para evitar revueltas que podían escalar, es decir, familiares y allegados al mutilado en el cadalso queriendo tomar la ciudad (o la cabeza del rey), y a viento de este simple proceso de evolución cognitiva, una de las cosas que trajo fue el tratado de Beccaria: “De los delitos y las penas”. Donde se teorizó qué era ejercer justicia sin convertirse en delincuente al hacerlo, como en el caso de desmembrar un cuerpo, el estado no podía dar esa imagen de sí mismo. Y así las penas y la justicia fue poco a poco evolucionando hasta nuestro día; y una cuestión importante también en esta evolución, es, por ejemplo: la salud para todos, no es tan humanista, es más bien, productiva: es más económico curar a un empleado que enseñarle a uno nuevo, y más eficiente es ese juego si el empleado paga su propia cura, viene a trabajar enfermo, y sigue rindiendo igual.

Todo muy lindo pero ¿delitos civilizados?
Bien, tenemos por una parte un contrato en el cual la principal regla no escrita es: le damos nuestra vida y le obedecemos (al Estado) a cambio de una variedad de derechos que están asegurados, pero ¿se cumple? Está claro que no, y es el Estado quien no lo hace, y el no cumplirlo, deshabilita (a sí mismo) al Estado, como contraparte de ese contrato; lo deshabilita de exigirnos cualquier tipo de obediencia o alienación a sus leyes, cualquiera sean. Fíjense lo siguiente: los tipos penales (los delitos que el estado vigila que nadie cometa) crecen año a año, con mayor o menor retraso en cuanto a la tecnología, pero avanzan siempre, los derechos no, y de hecho, un fenómeno actual a nivel mundial es que cada vez importan menos los derechos básicos, es decir, ya el Estado no se siente tan obligado, o mejor dicho, no le da tanta vergüenza admitir que los ciudadanos no pueden ni por asomo pagarse los derechos que el mismo Estado vela por que se cumplan. Pero los tipos penales, las prohibiciones y demás, siguen creciendo, cada vez se le da más fuerza y más volumen a los cuerpos policiales y se liberan más las riendas a fiscales (aclaro: ningún fiscal tiene el intelecto suficiente que la investidura del título parece dar, es una simple piraña con un manual de verificación sobre conductas humanas) incluso, logrando llevar a cabo allanamientos sin que hayan órdenes firmadas por jueces (sucede muchísimo en Argentina).

La transformación evolutiva estatal creó un montón de delitos con el fin de matar cualquier tipo de organización paralela, el crecimiento de las mismas y sobre todo, con el fin de aniquilar cualquier irreverencia o rebeldía que ponga en jaque su propia supervivencia (hay que matar todo antes de que algo escale), todo Estado es una máquina difícil de frenar y cuando inventa una ley justa, por así decirlo, se ceba en su hambre de control y extiende la posibilidad o los tipos penales con el fin de controlar más, aniquilar la presión que genera la economía y la desigualdad y además, haciendo deudora a la gran masa social: SI COMETISTE UN DELITO, TU DEUDA ES HACÍA LA SOCIEDAD. ¡Vaya máscara!

Entonces, la invención de todo tipo penal que no vaya contra un delito natural (asesinato, violación) es, con el tiempo, una autoprotección estatal. Sabiendo esto, volvamos al Chef, a nuestro Chef de principio del ensayo, violados sus hermanos, él mismo, explotado laboralmente en su infancia, ¿por qué el estado no veló por sus derechos? ¿por qué la sociedad no hizo algo? Acaso… ¿no nos rasgamos las vestiduras ante las injusticias?
Puro cuento. Me pregunto, el estado ¿cumplió su contrato?

Sabes, vi tantos comentarios de odio por parte de gente desconocida, cuando salieron en redes las noticias del allanamiento, que no puedo entender ni justificar su existencia(de esas personas que comentaron), y más allá de lo que deberá y está pagando penalmente el Chef, ¿Qué pide la sociedad? ¿ética, moral? Vuelvo a decirlo: vi como condenaron a un hombre con todas las reglas y todo el músculo de un sistema al cual no fue jamás incluido, invitado, ni nada por el estilo. Y no olvidemos que fue condenado por vender droga a consumidores dentro de ese sistema. Pero el consumo no es delito, no escala en organización que puede amenazar el poder, solo la propia vida del consumidor. Y si hablamos de ética y moral, los individuos del sistema, en todas las jerarquías, son los consumidores del vendedor más negro y más villero que te puedas imaginar.

Pero esto también es una farsa, ¿sabes cuantos tipos, cuantas tipas, de 30, 40, 50 años estafan a familiares, hermanos, madres, padres, amigos, económica, moral y éticamente? Millones.

Pero falta mi conclusión especifica: quién dispara la primera bala, es más culpable que el que la justicia termina condenando con bombos y platillos. Porque más allá de que hayamos sopesado las posibilidades del estado y su egocentrismo, antes que nadie, fallaron los primeros responsables: los padres.

Todo padre o madre que abandona a un hijo, entrega al mundo un problema, y condena un alma, ellos deberían estar presos. Pero no se busca la justicia, sino la propaganda, los pasos exactos, con todos los flashes de cámaras activos, para que todos vean la maquinaría funcionando mientras un hombre analfabeto llegó a su última parada de este gran sendero a prisión.

Allí quizás haríamos el mundo un poco más justo de verdad, faltaría mucho, pero sería el primer granito de arena en la inmensidad de injusticias de este mundo.

Sendero a prisión: Parte 7

NARCO-BANDIDO

Este Chef, el protagonista de este ensayo, no es un gato mojado en medio de la tormenta, imagino que ya lo tienes claro. Su particularidad es esta: si te quiere, estará dispuesto a ir a prisión por matar por vos (esto es totalmente en serio, este Chef no iba a dudar si necesitaba sacar un arma y que pase lo que tenga que pasar, aunque, aclaro algo: la diferencia entre el ciudadano común cuando saca un arma es que, nosotros perdemos todo el temple, el Chef en esos casos era todo lo contrario), si no te quiere o eres su víctima, sobra toda palabra humana.

Desde que lo encerraron, por la violencia del operativo, y la fuerza imputativa, etc. Está muy claro para mi que lo que menos buscaban era la droga, de hecho parecían enojados de solo haber encontrado eso, pero está bien claro que era por muchas cosas y solo pudieron probar esa. Ahora, sí vuelvo al final del párrafo anterior encuentro una sola cosa firme: extremismo. Extremismo en la familiaridad y el cariño, y extremismo en la violencia. Pero no puedo dejar de ver al Chef, cuando pienso en su situación, en su vida, en su sufrimiento, y en su accionar, en todo el conjunto de su persona, no puedo dejar de ver a un hermano, de distinta sangre pero de mismos códigos. Y me surge una pregunta incómoda: ¿La diferencia entre él y yo es simplemente una cobardía propia que siempre me frenó? Querer responder sería ir en contra de la verdad. Pero de algo estoy seguro, y es una ironía por las que todos pasamos, la familia, o gran parte de ella, siempre te dejará de lado, no le importarás mucho en algún momento, y en ese instante, duradero y sostenido durante algún tiempo, este tipo, el Chef (más allá de mi madre, claro) fue quien me dio el apoyo familiar más cálido, para referirme mejor a esto cito una frase de “Pandillas de Nueva York”, donde el personaje de Di-Caprio reflexiona: “Se siente extraño estar bajo la protección de un dragón”. También, todo ese extremismo que lo maneja (por elección propia) es súper motivador y alentador, tengo varios recuerdos de frases suyas: “vos no sabes lo que podes llegar a ser”, “tenes que seguir, pelear por lo tuyo”, etc, etc, por supuesto, no esperemos una frase de altura, pero la intención estuvo por su parte.

EXTREMISMO, vuelvo a eso al referirme a él, su padre lo abandono, entre otras fuerzas de impacto que ya mencioné en la primera parte de este escrito, nunca hubo nada ni nadie para apaciguar ese extremismo que impactó siempre, cada ciertos años en su vida, ahora vive otro: la prisión.

No hay que equivocarse, el “narco-bandido” es una figura peligrosa, peligrosa para usted que lee, para mí, para todos. Porque no es el típico vendedor de drogas estúpido, movido por las mujeres, sin códigos, que va a entregar a cualquiera, que deja entrar drogadictos a su pieza, etc. Pero tampoco es peligroso, a mi parecer, por la violencia que pueda llegar a ejercer, si se quiere, su peligrosidad es más por su intuición e inteligencia oculta.

Todo en el accionar delictivo del bandido, aunque lamentablemente casi no sepan escribir ni leer (como en el caso del Chef), tiene una inteligencia previa. Es la diferencia crucial que incluso usan ellos para categorizar a un “rastrero” que roba un celular, o ata a una silla a una pareja de abuelos, del bandido de “verdad”, que puede hacerle una especie muy artesanal de golpe táctico a un tranza más grande o de mayor jerarquía, de desvalijar una estancia en tiempo récord sin lastimar a nadie, o, porque no, robar un blindado y huir con el botín. Piense que todo esto requiere coordinación, previsión de escenarios, roles dentro del accionar, cálculo más o menos a “ojo” del tiempo, planificación posterior, y demás. Y si, lo planifican de esa forma, he visto “planificaciones” que si bien no se en que terminaron, las planificaciones ahí estaban, he pasado para el baño justo cuando estaban preparando, en ronda, estas acciones, con armas en sus manos, lamentablemente, y porque, siguiendo la regla de aquí: no escuche nada, ni intente escuchar nada.

Y ahí otra vez vuelve la cuestión: esa inteligencia, ese manejo de tensión, esa planificación, si hubiera visto alguna vez que si existen posibilidades, que es posible otra vida, si alguien lo hubiera acompañado al colegio, si alguien le hubiera preguntado ¿qué quieres ser de grande, veterinario, astronauta, doctor? Seguro su vida hubiera sido distinta. Y te das cuenta, cuando hablas con este tipo de gente, “bandidos”, que ellos saben, y que internamente tienen una pequeña grieta de dolor apuntalada por el ¿qué hubiera podido ser? Los ojos no mienten, y cuando me pongo a hablar de estas cosas con estos tipos, esa tristeza está ahí, porque aunque no pueden ver toda su inteligencia, notan que ven mucho más que el resto, y vuelvo a preguntarme ¿además de cobardía, la diferencia entre el Chef y yo fue solo suerte?

Acá es dónde vuelvo irremediablemente a las fuerzas que interactúan día a día sobre nuestras vidas y nos van empujando a distintos caminos y decisiones, fuerzas físicas reales, que moldean la realidad del cuerpo y la existencia, sin importar si la fuerza es origen objetivo o subjetivo, y ahí toma más volumen para mi la irresponsabilidad estatal de querer medir con sumas básicas la complejidad de la existencia, y medir la vida así no es un error, es adrede, porque usar las mejores mentes para prevenir esto requiere intervención, y el estado solo se salva a sí mismo. Y cómo hace la persona sin herramientas para contrarrestar tanta tendencia hacia ciertos sectores, si no tiene nada para evitarlo. Si todo lo que ve en televisión son personalidades endiosadas hablando de sicarios y hablando (usando el lenguaje) como si fueran sicarios y vistiendo igual (la música es un punto de inspiración y pertenencia, aquí es la glorificación, la justificación, el modelo a seguir, el GRAN PORQUE), está claro que es importantísimo una cultura vacía, porque los que están dentro de la tendencia y se dirigen al delito, no ven nada, y los otros, los buenos ciudadanos, tampoco.

Cuando yo me refiero a que siento al Chef como mi hermano, de otra sangre y de iguales códigos, estoy diciendo la verdad. Y quiero resaltar algo sobre los códigos, son reales, e incluso no te dejan entrar a ciertas cosas. Una vez, como yo necesitaba más estabilidad económica, le propuse usar mi capacidad técnica para comenzar a cifrar y encriptar poco a poco toda la red de comunicaciones, tanto la de sus posibles “soldados” como las de sus posibles jefes, y no me dejó entrar. Hoy veo que fue más bien una forma de protegerme, porque este sector que llamo “bandidos” protege y realza al tipo y a la mina buena gente, no los quiere introducir a ningún camino. Una cosa más, como anécdota sobre los códigos: desde que estoy viviendo aquí, casi cuatro años, en terrenos vecinos, la policía y los fiscales se habrán llevado a 15 personas aproximadamente, 3 o 4 mujeres entre esos 15. ¿Cómo se diferencia a un bandido o a una bandida? He visto gente que se jactaba de su mafia, de su maldad, que luego entregó a cuanta persona pudo para salvar su cuello, temblando de miedo ante un policía o un fiscal, estos tipos que son DE VERDAD, no entregan a nadie (al que le encuentran droga y sale, te aseguro que vendió a todos sus “amigos”), nada, una anécdota. Pero me lleva a pensar, tiene más valor la palabra de una o de un “bandido” que la de tu propio compañero de trabajo que estaría dispuesto a venderte o buchonearte con tal de ganar 200 dólares más al mes ¿cual es la verdadera ética o moral?

EXTREMO, todo en el Chef es extremo. El primer golpe extremo fue el abandono de su padre, luego las violaciones a sus hermanos por parte de su padrastro. Y me pregunto ¿Si el padre hubiera estado, si hubiera un castigo penal para quien quiera lavarse las manos? Este Chef sería así, o sería distinto. Estoy convencido que sería distinto, lo que me lleva a concluir que el primer delincuente es el padre que abandona, el único delincuente real es él, el que desató la cadena de eventos.