Relatos de Bautista: Fecha de pascuas

El kiosco estaba en una calle de tierra, pude elegir otra cosa. Ir hasta la avenida y ver otras opciones, deambular entre estanterías llenas de productos que muy rara vez compro, pero el kiosco en la calle de tierra queda a cien metros de distancia de mi cuartito, y siempre que no tenga que caminar mucho, mi ánimo no se estropea. Sí, ya lo sé, dicen que caminar hace bien al corazón, excepto el día que te toca tener un infarto. Como sea, entré al kiosco para comprar un poco de pan, y quería revisar los precios de los huevos de chocolate, tenía la intención de comprar uno y regalárselo al niño que vive en mi mismo terreno; el niño es pobre, como yo, pero los adultos no importamos ya. Sucede que desde el lunes anterior a la festividad de pascua, la idea de regalarle un huevo de chocolate me hacía sentir bien.

Cuando entré una viejita que apenas se sostenía en pie, pedía una lata de picadillo y tres felipes de pan.

—Del más blandito que tengas, hija, que no puedo comer la cáscara.

La viejita se encontraba a metro y medio de mí, bien enfrente e intentaba sostener su cabeza por encima de la heladera mostrador, la kiosquera hacía lo mismo del otro lado, ambas unidas en el esfuerzo de verse y escucharse. A mi izquierda, unos metros en diagonal hacia delante, un grupete de niños veía y seleccionaba los huevos de chocolate, aguardando todos ellos, con ansiedad, que la señora, más digo, la viejita apenas parada, pudiera bajar del mostrador la lata del picadillo y así, al llegar el turno de ellos, poseer en sus manos sucias los deseados huevos de chocolate. Sí, esas diabluras estaban deseando los mismos huevos que yo quería regalarle al niño que vive en mi mismo terreno.

Entre tantas cabezas diminutas, que se movían y marcaban con sus dedos los vidrios del mostrador, se me hacía difícil ver los precios de los dichosos huevos, y la vieja no terminaba más, porque ahora, después de poder por fin lograr alcanzar la maldita lata de picadillo y meterla en su bolso tejido, intentaba arrastrar a la kiosquera hacia las anécdotas de su marido y lo que este finado opinaba sobre la producción de los millones y millones de latas de picadillo que se vendían a diario. Conocí, así, una vez más, la asquerosidad de lo que yo comía a menudo. Y aunque es sabido por millones y confirmado por nadie, el picadillo, decía la vieja: “está hecho de orejas, pezuñas, las colas y cuanta cosa asquerosa sobra del animal carneado, pero ¡qué importa! Adentro se mezcla y a la salida no se reconoce”. Maldita vieja de mierda. Por lo menos esa noche ya no iba a poder comer picadillo.

Esta novedad mítica, innecesaria, la kiosquera me hacía saber que ya la sabía, o al menos, las caras que ella hacía me daban a entender eso, como que la pobre vieja enclenque no cortaba más el diálogo y los pebetes a mi diagonal ya no aguantaban las ganas de saborear el chocolate de los huevos de pascua.

—Ya va, chicos, ahí les digo los precios —les respondía a los pebetes mientras me hacía caras y le decía un mecánico “ajá, señora” a esa vieja que ya me tenía podrido y me rebalsaba de ganas de mandarla a cagar. Al parecer, ningún peso de ganancia es fácil de conseguir.

Por dentro comencé a insultar a la vieja y, por lo visto, la insulté con ganas, ya que mi monólogo interior me distrajo a punto tal que cuando la viejita por fin se retiró, y también los chicos ansiosos consiguieron tener en sus manos los huevos de chocolate, actué de forma inconsciente; primero, saludé con rostro amable a la viejita cuando al salir me sonrió (o al menos eso recuerdo ahora), luego me quedé quieto para que los pibes me esquivaran como a una roca en medio del río. Muchas veces me ganan esas nubes de inconsciencia, y al volver a la realidad me encontré terminando la oración: “sí, con esta tira de pan está bien”, y agregué: “deme un huevo de chocolate… sí, ese está bien”.

Pregunté el precio, pagué el huevo pero tuve que dejar el pan y salí a la calle. Recorrí otra vez los cien metros que separan el kiosco de mi cuarto de lajas y al llegar le regalé el huevo al niño pobre que vive en mi terreno. Comí sin pan ese mediodía pero no le presté atención a ese detalle, más bien, me movía y masticaba en silencio, concentrado en los sutiles sonidos que escapaban del ranchito adjunto: las manos infantiles moviendo a velocidad al retirar el papel celofán, el chocolate casi inaudible al partirse, el niño pobre dándole un pedazo de su huevo a la madre, quien volvía a dividirlo haciendo aún más pequeño el pedazo que le regalaba su hijo, quedándose con esa porción mínima y diciendo: “con este pedacito está bien, amor —refiriéndose al niño—, viste que a mí mucho chocolate me hace mal”.

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