La reconocí al instante, tengo, y lo digo con modestia, una memoria precisa, y aunque selectiva, aquello que decide atesorar, perdurará toda la vida en mi cabeza, por eso pude reconocerla incluso de espaldas a mí, sentada cuatro filas de asientos hacia el frente del colectivo. Se llamaba Florencia, aún se llama, y este nombre hermoso nunca le fue fiel; de todo lo simbólico que puede tener el nombre, la voz de una Florencia tal, Flor, la presencia, o lo que sea que la mente vaya asociando de forma acumulativa mientras uno se cría, esta Florencia solo tenía de bello, el orden de las letras que formaban el nombre.
Y allí estaba, seguro de que me había visto subir, clavando esos mismos ojos nuestros, ojos a montones, marrones y simples, algunos más duros, más agresivos, y sin embargo, al verme, no me hizo ningún gesto, ningún saludo. Puede que exista una especie de vergüenza (al menos en mí la hay) cuando alguien del pasado me cruza, y se me sale por la boca un deseo de súplica a modo de disculpas, de confesar amargamente: “lo siento, te recuerdo, pero viviendo me olvidé de ti”. No me importó su disimulo, sino que su imagen trajo de nuevo aquella época que vivirá siempre en mi memoria, la época de rodillas raspadas y guardapolvos, donde creíamos con toda la pasión del corazón que éramos héroes de la mañana, del recreo y, por lo tanto, de ese paisaje que nos esperaba en el horizonte; ser lo que sea, pero siempre héroes.
Recuerdo, de esta Florencia, a unos asientos de distancia, con esa piel porosa, como de chancho que siempre la caracterizó, recuerdo haber leído su nombre en una noticia policial sobre un tiroteo por causa de drogas; según el enunciado, dos desconocidos en motocicleta pasaron por el frente de su vivienda disparando contra la misma, un proyectil se introdujo por una de las ventanas y terminó su recorrido en la pierna de Florencia X. Pienso que si escarbamos un poco en la historia anunciada por el diario, de seguro podría encontrarse algo de “heroísmo”, de esa arrogancia que nos jurábamos. ¿Cómo pudo aquella niña con sobrepeso, capaz de ser dulce pero enojona por las burlas a su físico, terminar en un caso de drogas? No me interesa y hasta me gusta; lo correcto no es para todo el mundo.
Pero Florencia no subió sola al colectivo. A su lado la acompaña un hombre con demasiados años y demasiada vida; su pelo blanco era corto, casi rapado, y así y todo logra quedarle desprolijo, la barba igual. Sospecho que por el tono de su piel es un ávido bebedor de vino, de esos tipos que pueden pasarse el día entero observando el descampado del frente bebiendo hora a hora la bebida cada vez más tibia. Él saca dinero y ella lo abraza, entonces él baja una mano, ella se acomoda un poco, van hablándose al oído en susurros. Reconozco lo que Florencia hace, cómo se alimenta. Y la cosa no tendría mucho más, este tema de cruzarme a la gorda de séptimo, pero conozco otro detalle sobre ella; quizás diez años atrás, o nueve años atrás (con las fechas mi memoria sí es mala), ella se casó, logró encontrar una estabilidad, alguien que quiera y ame a su hija por más que el padre de la pequeña no haya existido nunca, y el hombre con quien contrajo matrimonio era un pastor evangélico de nombre B.
Imagino que el matrimonio es aburrido en sí mismo, pero casarse con un pastor debe ser un hartazgo de suspiros. Además, comprendo bien a los héroes de aquella infancia: llevamos ese germen que todo el tiempo nos está diciendo que los días no arreglan nada y que por lo general destruyen las cosas, así que estarse quieto y creer en poder arreglar nuestra vida en quietud, nos es difícil. Y veo a Florencia, la gorda “horrible”, destruyendo su matrimonio, podrida de la rutina, porque ella es una heroína y esa es la promesa de la niñez que nadie pudo arrancarse. La veo lanzarse sola a estas calles llenas de vapores poco amigables y la veo también esperanzada de que era su momento y de que ella podría todo. Pero el hambre, y sobre todo la producción del hambre, no es amiga de nadie.
Entonces la puedo reconocer pensando que, quizás no sea mala idea que ella se convierta en narco, pensó que podría vender droga solo por unos meses, hasta acomodarse; solo que no hay nada más peligroso que ese mundo de mandíbulas y sangre espesa, y los costos que subieron y subirán, y ya poco importaba si lo que hacía estaba bien o estaba mal, al menos hasta el momento de sentir un minúsculo pedazo de metal —si lo comparamos con su cuerpo— pegándole en su pierna y hacerla caer al suelo. Descubrir entonces que debía cambiar de oficio, y este oficio que ahora hace sin disimulo, delante de otro “héroe” de la infancia como yo, no está tan mal; los viejitos a lo sumo se emborrachan y tocan de más, ese es todo el peligro. Y yo la miro y pienso: estos son los héroes que somos, los que quisimos o pudimos ser. Pero no yo; Florencia y el resto son los verdaderos. Yo solo proyecto una mirada sin respuesta a través de los vidrios del bondi, pensando en cómo haré para comer hoy por la noche.