– Déjame que te explique, dame al menos la posibilidad de poder contarte porque aún no tengo el dinero del alquiler.
– No me macanies.
– ¡No! No macaneo, hubo un par de inconvenientes que me son ajenos por completo, lo que los originó me es algo ajeno y así y todo termina por afectarme y por lo tanto a usted también.
Según el dueño del departamento, ya venía en camino la chata para cargar todas las porquerías de Bautista, y llevárselas quién sabe a dónde. Bautista intentaba un último lance, que en su mente era “El Lance”. Pero, a pesar de esto, en el relato a continuación, todo lo dicho fue verdad.
“… Es así señor, cobro cuarenta mil pesos al mes, en total, ya que recibo diez mil pesos todos los viernes. Le soy sincero, esa es mi economía, y usted me cobra veinte mil pesos por mes el alquiler del departamento, ¿qué hago entonces? Simple, guardo cinco mil pesos por semana, y el resto, los otros cinco mil pesos, los uso para comer los siete días restantes hasta llegar al otro viernes, y piense, tiene que entender, usted construyó esto, es un hombre de mucha plata, debe entender, imagínese que una gaseosa cuesta hoy en día cuatrocientos pesos, y yo como siete días con cinco mil…”.
El dueño de los departamentos estaba inmutable, Bautista quería que le responda, una frase, un gesto, algo que le hiciera saber que el lance, por más lance que fuera y que estaba cargado de verdades, estaba generando algún resultado. “…Aparte, señor López, tenga un poco de memoria, durante veintidós meses aboné el alquiler de forma puntual, esto es cuatrocientos cuarenta mil pesos, y hoy, porque me pasé diez días ya se quiere poner así y echarme a la calle, y fue así, espéreme, no se impaciente, que si no no le puedo contar como es que me equivoqué, porque confié en lo siguiente: mi patrón me había dicho que una semana de estas que pasaron me doblaría el pago semanal, a modo de bono, de premio, como usted quiera entenderlo, y me dijo que me lo daría el mes que yo no le pude pagar, porque confié y tuve mala suerte. Recuerdo bien que era Jueves, y volvía como siempre, caminando desde el trabajo, y sabe que para llegar desde el depósito hasta mi casa debo atravesar todo el centro, y justo ese Jueves, cuando volvía, estaba contento, ya que el día siguiente sería mi último día laboral de la semana y además con un bono que doblaría el monto de mi pago, y la mala suerte consiste en que, cuando estaba atravesando el centro de la ciudad, quedé encantado por un pantalón, sí, así como le digo señor López, el maniquí de una de las tantas tiendas de ropa del centro, hizo que me enamorara del pantalón que le habían puesto. ¿Cree que estoy loco? No se burle, yo me enamoré de ese pantalón, pero mi mala suerte no terminó ahí, ya que sentí el deseo de comprarlo, y es un deseo muy extraño en mí, por eso hablo de mala suerte, ya que yo nunca me compro ropa, jamás, toda la ropa que usted, señor López, me ve vestir a diario, es ropa regalada de la iglesia o de algún amigo o algún pariente, pero tuve ese enamoramiento súbito, incontrolable, porque era un pantalón hermoso y se me había entrado el bicho de comprarlo.
Entonces pensé, mañana por la tarde, muy por seguro voy a recibir el bono prometido por el patrón, y apoyé este pensamiento basado en que desde el lunes anterior a ese jueves fatídico, el patrón, todos los días me comentaba sobre el bono, y seguí reflexionando allí mismo, con los ojos clavados en el pantalón, y la reflexión fue la siguiente: con todos los meses que le aboné a usted, bien podría haberme comprado una moto cero kilómetro, o lo que equivale a decir que le di a usted una motocicleta cero kilómetro, yo, que todos los días camino cuarenta cuadras de ida y cuarenta cuadras de vuelta para poder ir a trabajar, y era jueves, y ese pensamiento de la moto más el bono al día siguiente, todo eso junto me arrebató el titubeo, entré a la tienda y me compré mi amado pantalón. Cuando llegue a mi casa, luego de la compra, caí en la cuenta de que era el primer gusto que me daba luego de muchísimos años, pero mi mala suerte no terminó ahí, porque al otro día recibiría un bono y podría cubrir con tranquilidad tales excesos, entonces, ese jueves, mientras observaba mi pantalón nuevo recostado en mi cama, sentí que tenía muy pocas ganas de comer arroz, y más aún, debía estrenar mi pantalón nuevo, entonces otra vez la mala suerte, decidí salir a comer afuera, una pizza y una cerveza, pagada por mí sin necesidad de andar lastimando el bolsillo de algún amigo, y vistiendo el hermoso pantalón nuevo. Luego, al otro día llegó el castigo a mi atrevimiento, no hubo bono ni premio, o como usted quiera llamarle, y desde entonces toda mi economía, calculada y ejecutada con rectitud, ha vivido una hemorragia de la cual le es imposible recuperarse, esa es toda la verdad señor López.
Cuando la camioneta que se llevaría los muebles de Bautista llegó, López, el dueño de los departamentos, tuvo un gesto que Bautista confundió con la creencia de que su lance había funcionado. Pero López, en seguida puso la mejor cara de hijo de puta (no le costaba mucho) y le dijo:
—Tenes un minuto para sacar dos cosas, ni una palabra más porque te rompemos la cabeza.
El chofer de la camioneta, por lo visto acostumbrado a tales actos de López, bajó del vehículo arremangándose el buzo.
Bautista subió las escaleras lo más rápido que pudo, tomó su pantalón nuevo, metió lo poco que tenía dentro de una bolsa y salió. Cuando se alejo una cuadra, pensó en volver y pelear, pero la mala suerte ya se le había ido y lo supo porque reflexionó: “No puedo pelear, mañana debo ir a trabajar”.