Relato: Diario de ansiedad. Parte #3

“Los domingos eran malos, de hecho casi todos los días eran bastante malos, sí, lograba
distraerme de a ratos, con alguna cosa, un libro, la computadora, algún intento de poema que
jamás me convencía, y ahora que ya no estoy solo, suelen ser malos y suelen ser buenos, es lo
que dirían ‘la vida’, pero sobretodo en una hora específica como el atardecer, los domingos
acompañados suelen ser mejores; y atribuyo esa mejoría al hecho de tener un abrazo, una
palabra, algo, que ayude a tolerar el sentimiento de lo que sobreviene al domingo: Lunes,
comienzo de semana, hacer fuerza para poder estar en el trabajo y no salir corriendo, etc.
Hace un rato, antes del almuerzo, verifiqué en qué estado se encontraba el baño, porque
tenemos un baño algo particular, compartido con el resto de las familias que viven en el
terreno. La puerta del baño es solo una cortina que debes sostener los días de viento o lluvia
como estos para que la misma no se levante y las personas que andan rondando por el patio te
vean como Dios te trajo al mundo, o incluso en una posición más penosa. Lo tuve que
verificar ya que, anoche no se podía ir, el agua, al no encontrar la resistencia de una puerta lo
inundó con poco más de veinte centímetros de agua; en una noche fría de invierno, ir a cagar
o mear allí, no era nada viable (de hecho aún estoy aguantando para hacer lo segundo). ¿Qué
trajo este inconveniente? Discusiones con O y también con mi madre. En fin, la noche
terminó conmigo orinando en cualquier lado del patio, y las mujeres en un balde que luego
sacaron afuera. Así no más, esto no parece muy interesante, pero hoy a la mañana cuando
volví de inspeccionar el estado del baño, no sé porque recordé una especie de consejo que
surgió en una charla en el trabajo: “no te podés conformar con eso”, ese tipo de consejo de
que uno tiene o debe, por obligación, aspirar a algo más. ¿La voluntad de poder? No, nada
parecido; cuando recordé esa frase miré el cuartito donde vivo, con las paredes transpirando
el agua de lluvia, la humedad del piso, barro por todas partes. No pienso que haya que vivir
así, pero tampoco pienso que uno deba matarse para pagar cosas. ¿Un fracaso? Me da
absolutamente igual, y entonces, mientras pensaba en todo eso, fuimos al kiosco a comprar O
y yo, la observaba: ella vivió muchas más penurias que yo a lo largo de su vida, no tantas
tragedias, tantas muertes, pero sí más faltas económicas, alimenticias, educacionales. Ella
comprende que si no hay comida, no hay, y entiende que yo sí le quiero dar el mundo, como
tantas veces se dice, pero hay alrededor de un millar de cosas con las que no estoy dispuesto a
transar para conseguir ese supuesto mundo, y esto me lleva al principio: son un pocos más
lindos los domingos (sobre todo al no tener amigos).
Esta mañana tuve noticias del fuego, siempre llega en cuclillas y me apuñala dónde no lo
espero.
Ahora, pienso que ese consejo sobre lo que uno tiene que hacer con su vida merece un
análisis algo rebuscado. Yo miro a mis vecinos y me pregunto qué sienten ellos, qué piensan.
¿Sabrán que pueden tener una vida mejor? ¿Lo sé yo? Se levantan de lunes a lunes
escuchando cumbia, y se acuestan, también de lunes a lunes, escuchando cumbia. Algunos
son peón de albañil, quizás alguno incluso es un albañil un poco más calificado, otros, venden
merca, casi todos la consumen, algunos son cobradores de la merca (el mercado también tiene
su teoría del desborde, el de la merca digo), otros son soldados de los que la venden o de los
cobradores, eh sabido también, que aquí en el terreno donde vivo, todos son cuatreros
calificados, expertos achuradores de vacas, corderos, lechones y cuanto animal usted
descuide en la llanura de un campo, y no me parece mal, son estas acciones muy parecidas a
los “ilegalismos” de los que hablaba Foucault, esos pequeños agujeros en la olla por dónde la
presión se escapa evitando que la olla reviente. Este punto se fusiona coherentemente con
aquel consejo que predica: “No te podes conformar con eso”. Pienso que si no nos
conformáramos con algo, tarde o temprano seríamos todos asesinos, el inconformismo mata,
solo que lo hace de forma legal, poniendo medicamentos a precios por las nubes, potencias
robando recursos de países pobres, en fin, se entiende el punto. También quiero confesar algo.
Yo no creo que tenga lo necesario para hacer ninguna de las dos cosas, ni para robar (aunque
cuando tenía trece años lo hice), ni para salir a matar guiado por no se que teoría o idea. Ni en
mi modo más sacado, más fuera de control, podría hacer una cosa u otra (no soy ni eso). La
gente rica o de clase media entiende muy bien el concepto de no conformarse, siempre busca,
a veces puede y a veces incluso lo logran. Ahora veamos el otro lado, el que no sale de caño y
traga presión, y para hacerlo quiero citar lo siguiente (aquí es donde lamento mi total
cobardía):
Silvio Astier, personaje de “El juguete rabioso”, de Arlt piensa…
‘¡No hable de dinero, mamá, por favor; ¡no hable…, cállese…!’ Estábamos allí, inmóviles de
angustia.
‘Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré: Tenés que trabajar. Yo no te
puedo mantener.’ Así es la vida. Un ramalazo de frío me sacudía en la silla.
Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo
metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni podía caminar, y ella flagelada por las
sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos,
calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo
mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le
secaba la boca, y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el
sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de
míseras ropas, tan pequeñas y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.
¡Pobre mamá! Y hubiera querido abrazarla, hacerle inclinar la emblanquecida cabeza en mi
pecho, pedirle perdón de mis palabras duras, y de pronto, en el prolongado silencio que
guardábamos, le dije con voz vibrante:

  • Sí, voy a trabajar, mamá.
    Quedadamente:
  • Está bien, hijo, está bien… – y otra vez la pena honda nos selló los labios.

Mirando un poco este texto citado, es para mí una cuestión de suerte el hecho de que,
primero, no haya un millón de robos por día, segundo, que nadie tenga que salir, cansado de
la inseguridad, a disparar a diestra y siniestra. Es una suerte cierta ignorancia, porque yo no
me animo, pero estos muchachos, al menos los que conozco si, y ahí radica la suerte, en que
no puedan pensar, ni profundizar en la crisis ni en las cuestiones del alma, del absurdo
constante, etc. Es bueno que incluso este domingo lluvioso se queden en sus casas, con poca
o mucha comida, sin pensar en cosas algo complejas, una bendición que piensen en la merca,
escuchando Leo Mattioli, embarrados y hambrientos. Bendición porque ni ellos, ni la clase
media ni la clase más alta tiene la culpa, todos somos parte de un estado, ahí habría que entrar
con furia, a las instituciones. Bendita droga, bendita ignorancia, bendita distancia, sino esto
sería una carnicería, un solo sector culpable: los gobernantes.
Ahora bien, creo que quien toma merca no tiene hambre, y quién se olvida de la comida de su
familia por una línea, es un hijo de puta. Las cosas básicas”.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relatos de Bautista: Aprender a hablar

– Déjame que te explique, dame al menos la posibilidad de poder contarte porque aún no tengo el dinero del alquiler.

– No me macanies.

– ¡No! No macaneo, hubo un par de inconvenientes que me son ajenos por completo, lo que los originó me es algo ajeno y así y todo termina por afectarme y por lo tanto a usted también.

Según el dueño del departamento, ya venía en camino la chata para cargar todas las porquerías de Bautista, y llevárselas quién sabe a dónde. Bautista intentaba un último lance, que en su mente era “El Lance”. Pero, a pesar de esto, en el relato a continuación, todo lo dicho fue verdad.

“… Es así señor, cobro cuarenta mil pesos al mes, en total, ya que recibo diez mil pesos todos los viernes. Le soy sincero, esa es mi economía, y usted me cobra veinte mil pesos por mes el alquiler del departamento, ¿qué hago entonces? Simple, guardo cinco mil pesos por semana, y el resto, los otros cinco mil pesos, los uso para comer los siete días restantes hasta llegar al otro viernes, y piense, tiene que entender, usted construyó esto, es un hombre de mucha plata, debe entender, imagínese que una gaseosa cuesta hoy en día cuatrocientos pesos, y yo como siete días con cinco mil…”.

El dueño de los departamentos estaba inmutable, Bautista quería que le responda, una frase, un gesto, algo que le hiciera saber que el lance, por más lance que fuera y que estaba cargado de verdades, estaba generando algún resultado. “…Aparte, señor López, tenga un poco de memoria, durante veintidós meses aboné el alquiler de forma puntual, esto es cuatrocientos cuarenta mil pesos, y hoy, porque me pasé diez días ya se quiere poner así y echarme a la calle, y fue así, espéreme, no se impaciente, que si no no le puedo contar como es que me equivoqué, porque confié en lo siguiente: mi patrón me había dicho que una semana de estas que pasaron me doblaría el pago semanal, a modo de bono, de premio, como usted quiera entenderlo, y me dijo que me lo daría el mes que yo no le pude pagar, porque confié y tuve mala suerte. Recuerdo bien que era Jueves, y volvía como siempre, caminando desde el trabajo, y sabe que para llegar desde el depósito hasta mi casa debo atravesar todo el centro, y justo ese Jueves, cuando volvía, estaba contento, ya que el día siguiente sería mi último día laboral de la semana y además con un bono que doblaría el monto de mi pago, y la mala suerte consiste en que, cuando estaba atravesando el centro de la ciudad, quedé encantado por un pantalón, sí, así como le digo señor López, el maniquí de una de las tantas tiendas de ropa del centro, hizo que me enamorara del pantalón que le habían puesto. ¿Cree que estoy loco? No se burle, yo me enamoré de ese pantalón, pero mi mala suerte no terminó ahí, ya que sentí el deseo de comprarlo, y es un deseo muy extraño en mí, por eso hablo de mala suerte, ya que yo nunca me compro ropa, jamás, toda la ropa que usted, señor López, me ve vestir a diario, es ropa regalada de la iglesia o de algún amigo o algún pariente, pero tuve ese enamoramiento súbito, incontrolable, porque era un pantalón hermoso y se me había entrado el bicho de comprarlo.

Entonces pensé, mañana por la tarde, muy por seguro voy a recibir el bono prometido por el patrón, y apoyé este pensamiento basado en que desde el lunes anterior a ese jueves fatídico, el patrón, todos los días me comentaba sobre el bono, y seguí reflexionando allí mismo, con los ojos clavados en el pantalón, y la reflexión fue la siguiente: con todos los meses que le aboné a usted, bien podría haberme comprado una moto cero kilómetro, o lo que equivale a decir que le di a usted una motocicleta cero kilómetro, yo, que todos los días camino cuarenta cuadras de ida y cuarenta cuadras de vuelta para poder ir a trabajar, y era jueves, y ese pensamiento de la moto más el bono al día siguiente, todo eso junto me arrebató el titubeo, entré a la tienda y me compré mi amado pantalón. Cuando llegue a mi casa, luego de la compra, caí en la cuenta de que era el primer gusto que me daba luego de muchísimos años, pero mi mala suerte no terminó ahí, porque al otro día recibiría un bono y podría cubrir con tranquilidad tales excesos, entonces, ese jueves, mientras observaba mi pantalón nuevo recostado en mi cama, sentí que tenía muy pocas ganas de comer arroz, y más aún, debía estrenar mi pantalón nuevo, entonces otra vez la mala suerte, decidí salir a comer afuera, una pizza y una cerveza, pagada por mí sin necesidad de andar lastimando el bolsillo de algún amigo, y vistiendo el hermoso pantalón nuevo. Luego, al otro día llegó el castigo a mi atrevimiento, no hubo bono ni premio, o como usted quiera llamarle, y desde entonces toda mi economía, calculada y ejecutada con rectitud, ha vivido una hemorragia de la cual le es imposible recuperarse, esa es toda la verdad señor López.

Cuando la camioneta que se llevaría los muebles de Bautista llegó, López, el dueño de los departamentos, tuvo un gesto que Bautista confundió con la creencia de que su lance había funcionado. Pero López, en seguida puso la mejor cara de hijo de puta (no le costaba mucho) y le dijo:

—Tenes un minuto para sacar dos cosas, ni una palabra más porque te rompemos la cabeza.

El chofer de la camioneta, por lo visto acostumbrado a tales actos de López, bajó del vehículo arremangándose el buzo.

Bautista subió las escaleras lo más rápido que pudo, tomó su pantalón nuevo, metió lo poco que tenía dentro de una bolsa y salió. Cuando se alejo una cuadra, pensó en volver y pelear, pero la mala suerte ya se le había ido y lo supo porque reflexionó: “No puedo pelear, mañana debo ir a trabajar”.