Relato: Diario de ansiedad. Parte #6

“Sobre Pizarnik, vi en internet un comentario de ella sobre Cesare Pavese, decía más o menos
que había quedado maravillada sobre lo que Pavese reflexionaba, ya que, según ella, había
reflexionado lo mismo y esa coincidencia la llenaba de energía, haciéndole pensar que no
estaba sola y que existía la posibilidad, que como Pavese, ese pensamiento y coincidencia
fuera una salida de la oscuridad. No bastó más para que fuera hasta la biblioteca y retiré la
narrativa completa de Pavese. Recuerde que los libros nos eligen, y a veces sucede de esta
forma, uno llega a ellos y, en mi caso, guiado por el azar de encontrarme con la publicación
(el post) de Pizarnik.
Por supuesto que referencias como esta hay miles, basta con leer vigilar y castigar de
Foucault, cosa que me llevo a descubrir a Thomas de Quincey, un narrador exquisito, si no lo
conoce, búsquelo y busque también, si necesita referencias, quienes admiraban a Quincey.
También al leer “Fausto” de Goethe se ven los pies de páginas llenos de referencias, tantas
cosas por descubrir… Siguiendo con Pizarnik, pienso en los fantasmas que existen dentro
nuestro y que, a pesar de que estos fantasmas existen en cada ser humano, solo en algunos se
agrandan hasta el punto de convertirse en verdaderos demonios de carne, con mirada negra,
pies rápidos y cuchillo en mano. Con esto quiero contar mi historia de renuncias, porque hoy
martes renuncié a mi trabajo (anticipo que no me dejaron). Estuve desempleado alrededor de
seis o siete horas, y cuando reflexiono sobre mi decisión y mi acción, es cuando veo a mi
fantasma convertirse en fuego real, en espanto con fuerza y volumen.
Mi frase de renuncia fue: “Voy hasta el kiosco a comprar masitas”, no fui hasta el kiosco y
cuando llegue a mi casa, agitado y sudoroso, llamé para decir que no iría más. No lo
entendían y no lo quisieron entender (mi trabajo consiste en vender casas), no hubo forma, no
tuve maneras para que me acepten la vestimenta de trabajo, no querían que se las lleve y ellos
me vinieron a buscar hasta mi cuartito, pidiéndome explicaciones, que les diga la verdad, que
querían saber que era lo que estaba mal, lo que querían que corrijan, para cambiarlo, para que
ya no me moleste. Pensé, cuando pasaba todo esto, que estaba siendo ese niño caprichoso
amante de la queja, pensé en las horribles ganas de llorar que me agarran en la oficina,
miraba dentro de mi cuando me pedían que siga, recordaba todas aquellas cosas para no
ceder, y siendo sincero, me sentí como el peor hijo de puta. ¿Por qué? ¿Por qué ablandarme y
olvidarme de mi sufrimiento y tener ganas de suplicarles perdón, qué no me dejen sin
empleo, por qué? Sé que no es normal que tu jefe te siga hasta tu casa, negándose a aceptar la
renuncia, que te permita faltar ese día prometiendo que no te lo descontará, y asegurando
además, que me va a permitir pensarlo, que lo analice toda la tarde, que él va a volver a pasar
cerca de las nueve de la noche, cuándo vuelva de su viaje a Rosario. Imaginé que no volvería,
que él también tuvo su rato de análisis, que nadie es imprescindible, pero hace un rato
golpearon las manos, no salí. Gritaron mi nombre, tampoco salí, se metieron por el pasillito
oscuro, esquivando los pibes que fuman faso y toman merca y tocaron mi puerta, tuve que
salir, era él. Aún no puedo dejar de sentirme mal por mi accionar. Pensé toda la tarde. Lo
primero que busqué en esta tarde de reflexiones, fueron excusas válidas, pequeñas cosas.
Ninguna excusa tuvo éxito, si no me convence, menos va a convencer a este tipo que vino a
golpear la puerta de mi cuartito. Concluí que lo mejor era decir la verdad. Y lo hice, le
comenté que muchas veces, sentado en mi escritorio, me sentí morir. No lo actué, dije que
pensé serle sincero y así fue, aposté por la sinceridad porque al fin de cuentas, tampoco ‘C’ es
un mal tipo, esta aquí como todos, intentando sin saber que hacer más allá de lo suyo.
Sentí vergüenza mientras hablaba, un tipo de veintinueve años diciéndole a su jefe que a
veces tenía ganas de llorar. Que solo era eso, solo eso, que no había ningún problema.
Respondió “¿y por qué no lo dijiste antes? Somos un equipo, una familia” dijo también
alguna cosa más sobre el trabajo, pero siguió siendo humano y se quitó el título de patrón,
habló de sí, de sus problemas, de sus gestos. Nos dimos la mano y me preguntó “¿Mañana
volvés?”, “Sí, a las nueve estoy ahí”. Dos adultos sin más ambición que queriendo cumplir el
papel lo mejor que se pueda, por mi parte no tengo idea de cuánto más aguantaré ahí, si podré
seguir vendiendo o incluso siéndole útil para algo, puede que vuelva a equivocarme en el
futuro y le termine fallando, sé, conociéndome bien, que es una probabilidad alta, pero me
dejó tranquilo, ahora estoy bien, voy a cenar té con galletitas junto a ‘O’, mi madre comerá
ensalada”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #5

“Van a ser las tres de la tarde, estoy en el trabajo y desde hace dos horas, mi cabeza, intenta
jugarme en contra. Tengo ganas de salir a la calle, de dar un grito largo y sostenido. El
gruñido de un hombre asustado, que solo quiere estar tranquilo, hacer lo que hacen todos, lo
que se debe hacer. En los últimos tiempos me acuerdo de un pobre diablo de la infancia, un
muchacho que temblaba demasiado por una especie de enfermedad genética, hereditaria, ya
que su padre la padecía con mayor intensidad e incluso ya con graves fallos cognitivos y
motrices. Pienso en él, en “el Marta”, así lo llamábamos. Pienso en él para intentar
tranquilizarme, decirme: “si no te controlas vas a terminar como el Marta”. En este momento me cuesta hasta seguir con esta redacción obligada.

Me duele un poco la cabeza, siento el rostro caliente. ‘O’ me retó: “Eso porque estás
pensando en el trabajo y tendrías que dejar de hacerlo”. Y sí, estaba pensando un poco en el
trabajo, pero también pensaba en otra cosa, en algo que me dijo una conocida, ‘G’. Esto, se
relaciona con el goce del padecimiento, es interesante, viene de Freud, sus pulsiones. Si no
me equivoco, el psicoanalista busca descubrir la omisión inconsciente del “por qué”, pero con
estos de los pánicos, Freud no encuentra que haya que afrontar una búsqueda inteligible de
ese por qué, lo ve como angustia, no como algo que fue tapado por los años y que haya que
arrastrar desde el plano inconsciente hacia el consciente. Sí es así, estoy cagado, no de miedo,
sino sin nada que buscar. Por eso, reflexiono lo contrario, imagino pues que hay un “por qué”
en este modelo de padecimiento, y ahora se me ocurre la queja, una pelotudez, puede ser algo
más serio, más interesante que la “queja”. Aunque esto de mi queja no es tan poco tan vacío,
al menos eso quiero creer. Hay goce en el padecimiento, bien, el cuerpo es adicto, bien, la
pulsión de muerte, bien. Todo eso se entiende y solo queda (y esta es la gran prueba)
aplicarlo. ¿Cómo mierda lo hago?
Pienso en la queja, me recuerdo a mí, de adolescente y una de tantas frases que repetía era “sé
que si trabajo para alguien, voy a preferir estar muerto”. ¿Me habré hecho daño a mi mismo?
De dónde viene esa frase tonta. Viene de la queja. También recuerdo que siempre repetía: “yo
trabajo todo el tiempo, todo el día, estudio, analizo; el problema no es el trabajo, el problema
es hacerlo para otro, trabajar para otro”. Es una postura que ahora me causa bastantes
problemas. Debo decir también que detesto cualquier tipo de orden, y que se entienda, no dije
encargos, dije órdenes. Por más sutil que me sea dada la misma, me veo queriendo romper
todo al recibir una. Un capricho tal vez, esta forma mía de ganarme el pan. Soy un niño
caprichoso que quiere quejarse, seguir quejándose, pero soy también un niño que quiere
comer, por eso omito la queja, el pleito, terminando de explotar por dentro. Es el problema de
casi todos, vivir como no se quiere; yo, el poeta, el rebelde, el intelectual, el programador, el
que quiere estudiar matemáticas (no sé porqué) viviendo igual y siempre tirando a una
posición económica algo peor. Voy plantando mis propias piedras, para tropezar hasta
abandonar el trabajo de turno, o hacer que me echen, o que me pesquen cometiendo alguna
falta, haciendo trampa. Ahí esta la “queja” diciéndole al jefe: “no valoro tu dinero ni tu
trabajo”, quizás no poder decirlo me mata. Y pienso que al ser una “queja” formal para mi, de
vida o muerte, la burla silenciosa hacia mis patrones no llega a ser un antídoto suficiente para
atravesar la jornada de trabajo.
Voy a probar con controlar mi queja, vestir un personaje (que mal me suena). La falsedad es
nuestro rezo, el de Nietzsche con Dios ha muerto y el hombre reemplazó la deidad por el
signo del dólar, al final todos somos perros y los canes aman a sus amos”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #4

“Con los fideos que sobraron del mediodía, ‘O’ cocina torrejas. Son ricas, me cansan un poco
pero no por eso dejan de gustarme; ahora estoy bien, tranquilo, contándote a ti, fumando un
cigarro y tomando mates, el cebador soy yo. Digo esto porque hace un rato me entregué al
miedo. Había que hacer muchas cosas, y el inicio de ese conteo de cosas por hacer siempre
me dispara lejos de mí, porque empiezo a imaginar que en algunos de esos quehaceres,
perderé definitivamente, me angustio porque si no tendría que hacer esas cosas básicas,
quizás entonces seguiría vivo, porque seguro me muero, mientras pedaleo tres cuadras y llego
a la canilla de agua potable, o mientras el bidón se llena, o mientras hago las compras para
comer esta noche, en alguno de esos lugares la quedo. El más difícil siempre es cuando estoy
en el almacén, pienso que al no poder apurar al tipo que atiende, que como alguien normal
mete el pan que le pedí en la bolsa sin ningún tipo de apuro, y luego me pregunta si quiero
algo más, y sí, tengo que llevar algunas cosas más, pero no las llevo, no quiero estar ahí, me
quiero ir, salir corriendo, dejar las compras en el mostrador e irme gritando de espanto hasta
mi casa para poder tirarme a la cama. Lo realmente difícil para mí es la bomba de ansiedad
explotando en mi estómago, esa sensación de un vómito inminente. Sé que es un viejo
mecanismo del cerebro, una herencia genética de la pre-historia alojada en una capa de mi
cabeza, que si no recuerdo mal, dicha parte del cerebro se llama “reptiliana”. Soy consciente
de todo eso, que esta todo dentro mío, en mi cabeza, como me dice ‘O’ y como enojada
también me lo dice mi madre, podrida de los últimos diez años explicándome lo mismo”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #3

“Los domingos eran malos, de hecho casi todos los días eran bastante malos, sí, lograba
distraerme de a ratos, con alguna cosa, un libro, la computadora, algún intento de poema que
jamás me convencía, y ahora que ya no estoy solo, suelen ser malos y suelen ser buenos, es lo
que dirían ‘la vida’, pero sobretodo en una hora específica como el atardecer, los domingos
acompañados suelen ser mejores; y atribuyo esa mejoría al hecho de tener un abrazo, una
palabra, algo, que ayude a tolerar el sentimiento de lo que sobreviene al domingo: Lunes,
comienzo de semana, hacer fuerza para poder estar en el trabajo y no salir corriendo, etc.
Hace un rato, antes del almuerzo, verifiqué en qué estado se encontraba el baño, porque
tenemos un baño algo particular, compartido con el resto de las familias que viven en el
terreno. La puerta del baño es solo una cortina que debes sostener los días de viento o lluvia
como estos para que la misma no se levante y las personas que andan rondando por el patio te
vean como Dios te trajo al mundo, o incluso en una posición más penosa. Lo tuve que
verificar ya que, anoche no se podía ir, el agua, al no encontrar la resistencia de una puerta lo
inundó con poco más de veinte centímetros de agua; en una noche fría de invierno, ir a cagar
o mear allí, no era nada viable (de hecho aún estoy aguantando para hacer lo segundo). ¿Qué
trajo este inconveniente? Discusiones con O y también con mi madre. En fin, la noche
terminó conmigo orinando en cualquier lado del patio, y las mujeres en un balde que luego
sacaron afuera. Así no más, esto no parece muy interesante, pero hoy a la mañana cuando
volví de inspeccionar el estado del baño, no sé porque recordé una especie de consejo que
surgió en una charla en el trabajo: “no te podés conformar con eso”, ese tipo de consejo de
que uno tiene o debe, por obligación, aspirar a algo más. ¿La voluntad de poder? No, nada
parecido; cuando recordé esa frase miré el cuartito donde vivo, con las paredes transpirando
el agua de lluvia, la humedad del piso, barro por todas partes. No pienso que haya que vivir
así, pero tampoco pienso que uno deba matarse para pagar cosas. ¿Un fracaso? Me da
absolutamente igual, y entonces, mientras pensaba en todo eso, fuimos al kiosco a comprar O
y yo, la observaba: ella vivió muchas más penurias que yo a lo largo de su vida, no tantas
tragedias, tantas muertes, pero sí más faltas económicas, alimenticias, educacionales. Ella
comprende que si no hay comida, no hay, y entiende que yo sí le quiero dar el mundo, como
tantas veces se dice, pero hay alrededor de un millar de cosas con las que no estoy dispuesto a
transar para conseguir ese supuesto mundo, y esto me lleva al principio: son un pocos más
lindos los domingos (sobre todo al no tener amigos).
Esta mañana tuve noticias del fuego, siempre llega en cuclillas y me apuñala dónde no lo
espero.
Ahora, pienso que ese consejo sobre lo que uno tiene que hacer con su vida merece un
análisis algo rebuscado. Yo miro a mis vecinos y me pregunto qué sienten ellos, qué piensan.
¿Sabrán que pueden tener una vida mejor? ¿Lo sé yo? Se levantan de lunes a lunes
escuchando cumbia, y se acuestan, también de lunes a lunes, escuchando cumbia. Algunos
son peón de albañil, quizás alguno incluso es un albañil un poco más calificado, otros, venden
merca, casi todos la consumen, algunos son cobradores de la merca (el mercado también tiene
su teoría del desborde, el de la merca digo), otros son soldados de los que la venden o de los
cobradores, eh sabido también, que aquí en el terreno donde vivo, todos son cuatreros
calificados, expertos achuradores de vacas, corderos, lechones y cuanto animal usted
descuide en la llanura de un campo, y no me parece mal, son estas acciones muy parecidas a
los “ilegalismos” de los que hablaba Foucault, esos pequeños agujeros en la olla por dónde la
presión se escapa evitando que la olla reviente. Este punto se fusiona coherentemente con
aquel consejo que predica: “No te podes conformar con eso”. Pienso que si no nos
conformáramos con algo, tarde o temprano seríamos todos asesinos, el inconformismo mata,
solo que lo hace de forma legal, poniendo medicamentos a precios por las nubes, potencias
robando recursos de países pobres, en fin, se entiende el punto. También quiero confesar algo.
Yo no creo que tenga lo necesario para hacer ninguna de las dos cosas, ni para robar (aunque
cuando tenía trece años lo hice), ni para salir a matar guiado por no se que teoría o idea. Ni en
mi modo más sacado, más fuera de control, podría hacer una cosa u otra (no soy ni eso). La
gente rica o de clase media entiende muy bien el concepto de no conformarse, siempre busca,
a veces puede y a veces incluso lo logran. Ahora veamos el otro lado, el que no sale de caño y
traga presión, y para hacerlo quiero citar lo siguiente (aquí es donde lamento mi total
cobardía):
Silvio Astier, personaje de “El juguete rabioso”, de Arlt piensa…
‘¡No hable de dinero, mamá, por favor; ¡no hable…, cállese…!’ Estábamos allí, inmóviles de
angustia.
‘Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré: Tenés que trabajar. Yo no te
puedo mantener.’ Así es la vida. Un ramalazo de frío me sacudía en la silla.
Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo
metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni podía caminar, y ella flagelada por las
sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos,
calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo
mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le
secaba la boca, y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el
sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de
míseras ropas, tan pequeñas y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.
¡Pobre mamá! Y hubiera querido abrazarla, hacerle inclinar la emblanquecida cabeza en mi
pecho, pedirle perdón de mis palabras duras, y de pronto, en el prolongado silencio que
guardábamos, le dije con voz vibrante:

  • Sí, voy a trabajar, mamá.
    Quedadamente:
  • Está bien, hijo, está bien… – y otra vez la pena honda nos selló los labios.

Mirando un poco este texto citado, es para mí una cuestión de suerte el hecho de que,
primero, no haya un millón de robos por día, segundo, que nadie tenga que salir, cansado de
la inseguridad, a disparar a diestra y siniestra. Es una suerte cierta ignorancia, porque yo no
me animo, pero estos muchachos, al menos los que conozco si, y ahí radica la suerte, en que
no puedan pensar, ni profundizar en la crisis ni en las cuestiones del alma, del absurdo
constante, etc. Es bueno que incluso este domingo lluvioso se queden en sus casas, con poca
o mucha comida, sin pensar en cosas algo complejas, una bendición que piensen en la merca,
escuchando Leo Mattioli, embarrados y hambrientos. Bendición porque ni ellos, ni la clase
media ni la clase más alta tiene la culpa, todos somos parte de un estado, ahí habría que entrar
con furia, a las instituciones. Bendita droga, bendita ignorancia, bendita distancia, sino esto
sería una carnicería, un solo sector culpable: los gobernantes.
Ahora bien, creo que quien toma merca no tiene hambre, y quién se olvida de la comida de su
familia por una línea, es un hijo de puta. Las cosas básicas”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #2

“Es sábado alrededor de las ocho de la noche y está lloviendo de forma pareja, escribo por
dos frases específicas que leí hace unas horas: ‘Tome unas hojas de papel y durante tres días
seguidos escriba, sin desnaturalizarlo y sin hipocresía, todo lo que se le pase por la cabeza.
Escriba lo que piensa de sí mismo, de sus mujeres, de la guerra turca, de Goethe, del crimen
de Monk, del juicio final, de sus superiores, y al cabo de tres días se quedará estupefacto al
ver cuántos pensamientos nuevos, nunca experimentados expresados hasta ahora, han brotado
en usted. En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original’. La frase
es de Ludwig Borne.
Y la segunda frase es:
‘Lo que usted vive es horrible: muy bien. Vívalo. Adhiérase. No sea solo este horror. Si debe
morir por esa causa morirá por ella. No busque razones ni medios de escapar. No haga nada,
no le dé más vueltas: es la única condición para que pueda producirse un cambio’. Estas
palabras salieron del psicoanalista Francois Roustang, no es un texto, es un diálogo en el cual
Francois le responde a Emmanuel Carrere, según cuenta este último en su libro “Yoga”.
Me gustan estas frases, desde hacía unas semanas tenía la idea de no intentar cambiar nada en
mí y hundirme como soy con la esperanza de que alguna especie genuina de intelecto surja.
Entonces, esa frase de Francois, un poco incendiaria, coincide con lo que venía meditando.
La otra frase, la de Borne, (no tengo idea de quién es ni qué hizo, luego usaré Google e
intentaré conocerlo) me agrada. Y un poco me inspiró a hacer algo para incendiarme, sin
sufrir, aunque no tiene mucho sentido no querer sufrir.
Una breve introducción al fuego: mientras escribo, mi mujer me ceba mates, no solo a mí,
sino también a mi madre, ellas hablan, en la televisión están pasando la película Gladiador,
no escucho su charla, o al menos tengo la capacidad para omitirla, hasta que mi madre habla
de un primo de ella, a quién jamás conocí y no recuerdo haberlo visto alguna vez en
fotografía, debido a que ese primo murió antes de sus diez años. Le cuenta los síntomas a ‘O’,
mi mujer; ese primo murió en dos semanas, un niño de ocho años. Empezó primero que le
dolía el pecho, que le molestaba, esto le decía a sus propios padres, vivían en un pueblo, o un
campo, no sé bien los detalles, en ese contexto, los médicos de aquella época no sabían que le
sucedía al niño, por ende sus padres deciden traerlo a Venado y allí descubren que tenía
leucemia avanzada, final, solo vive dos semanas más. Esa chispa fue necesaria para mi,
porque mi madre describió los síntomas: dolor en el pecho, luego dolor general en todo el
cuerpo, y a mi me pasa lo mismo, todos piensan que es por contractura o por mi demente
ansiedad, mis nervios, mi locura, etc. etc. Pero me asusto y me imagino morir, como aquel
niño, dentro de dos semanas. Me tiemblan las piernas, quiero acostarme, porque un rato
acostado y ya todo se me pasa, como siempre, respiro, tomo mi nuca con mi mano derecha, ni
mi mujer ni mi madre saben lo que estoy procesando, muevo los pies unos centímetros y la
mesa parece moverse, hago tronar mis hombros, mejor dicho, los músculos o huesos de mi
espalda alta, ellas siguen sin saber que me estoy muriendo, que estoy asustado, a la vez que
frustrado, porque otra vez: pánico, una más, y yo solo quería escribir tranquilo, inspirado por
dos frases. Pasa un momento… las llamas se apagan, otra vez soy yo. No tengo leucemia.
Prendo un cigarrillo y vuelvo a las frases, quería explicar, con ellas, lo siguiente: siento
certeza al decir que los libros nos elijen, sí, los libros, desde los estantes, desde otras sienes
con hambre, se lo comento siempre a ‘O’: “amor, todavía no puedo explicar él porqué, o lo
que sucede detrás de la elección de un libro, pero estoy seguro de que los libros nos elijen,
llegan a nosotros justo cuando los necesitamos, y, si por la rutina misma de los días, nos
encontramos leyendo algo que no era para nosotros en ese momento, vamos a leer mal,
aburridos, desganados y sentir una fuerza que nos obliga; cuando sentimos eso, es porque el
libro no nos eligió a nosotros, sino uno a él, ya sea porque pensamos que es una lectura
obligatoria para nuestra meta, etc.”. ‘O’ se ríe y me dice que puede ser, que tal vez nos elijan,
aunque no creo que me entienda lo que quiero decir.
Puedo argumentar esta reflexión, me asocié a la biblioteca. Dudé en hacerlo, tengo una
biblioteca propia de alrededor de doscientos libros y aún no pude leerlos a todos, ¿Por qué
entonces traer más desde la biblioteca? (Además con eso soy algo peligroso, si el libro me
gusta no quiero desprenderme de él, y debo obligarme a hacer lo correcto) En mi colección
no tengo libros de ajedrez, y eso fui a buscar. Pedí permiso en el trabajo para salir una hora
antes y llegar a la biblioteca, pero no encontré, en esa primera vez que fui, los libros de
ajedrez que tanto necesitaba, sucede que podría haberme quedado un buen rato buscándolos
entre las varias estanterías, nadie me apuraba, el lugar aún no cerraba. Pero estaba
comenzando a sentirme mal, lo supe porque mis pies siempre comienzan a temblar o aflojarse
un poco, además había allí, entre los estantes, una chica joven, y yo comencé a sentirme mal,
por mis pies primero y luego por la chica joven, que sin hacer nada de nada, hacía que me
sintiera incómodo. Busqué rápido en el estante de literatura norteamericana: “El ángel que
nos mira” de Thomas Wolfhe, no estaba, nunca esta en ningún lugar ese libro. Intente también
encontrar: “El verano que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Țîbuleac, tampoco. Apurado ya
por la necesidad de salir corriendo y llegar a mi casa, a mi cama, me acerque sin ganas al
estante de escritores argentinos y busqué así no más, “Los lanzallamas”, de Arlt. ¿Por qué no?
Hace un año terminé de leer la primera parte “Los siete locos”, que mejor que terminar esa
bilogía de una vez. Además, amo a Arlt. Sobre todo sus “aguafuertes porteñas”. Lo tomé, se
lo di a la chica encargada de recibir y registrar la salida de libros, me dio la ficha y salí
corriendo hacía mi casa.
Al llegar supe que me equivoque. No tenía ni el libro de ajedrez, y tampoco sentía que había
elegido bien. Así que ayer por la mañana decidí ir a buscar otro. No quiero describir otra vez
como saco los libros, solo decir que retiré “Yoga” de Carrére, escritor francés. Yo mismo me
condeno al dejar a Arlt, pero repito: los libros nos elijen. Y este de Carrére me lo vuelve a
confirmar. Ayer, viernes por la tarde, tuve una discusión, la de siempre, loco de bronca por
tener que ir a trabajar. Solo que no fue una discusión más y algo me asustó, no fue una acción
consciente lo que describo a continuación: en el fervor de la discusión con mi madre,
mientras ‘O’ observaba, cerré los puños y los estrellé contra la mesa de plástico, tan fuerte
fue el golpe que todo lo que se posaba en ella saltó por los aires, el mate se rompió, la pava
eléctrica por suerte volvió a aterrizar en la mesa, quedando tumbada, y el resto de cosas,
todas desparramadas. Pero yo caí en lo que hice luego de dar el golpe y relajar los puños, por
un segundo, por una pequeña fracción de tiempo, me ausenté a algún espacio dentro de mi
mismo. Nunca me había pasado, y todo por el miedo a salir a la calle, a pedalear hasta el
trabajo y morir en el trayecto, morir allí, sentado en mi escritorio, vomitar, descomponerme,
desmayarme, una lista larga de cosas que siempre imagino que me sucederán, por eso,
cuando llega la hora de ir (a cualquier lado), sudo, las manos sudan, mi frente suda, se me
doblan las piernas, tengo retorcijones, gases, debo ir a cagar pero temo descomponerme en el
baño, todo me da vueltas, y a veces no puedo, simplemente me digo un NO rotundo, una
premonición tétrica: no hay que poner un pie en el mundo exterior. Cuándo logro salir ileso
sin dejar de estar descompuesto, tomo la bicicleta y llego a horario a mi lugar de trabajo. En
ese frenesí, de tomar una decisión, di el golpe en la mesa sin estar presente. ¿Qué tiene que
ver con que los libros nos elijan? En mi búsqueda por intentar vivir normal, me llegó este
libro con dos frases que me invitan primero a escribir lo que me está viniendo al
pensamiento, ejercicio que estoy cumpliendo, sin mentir sobre lo escrito, logrando ocupar la
cabeza y no pensar; y segundo, una invitación a incendiarme, ir con todo hacía ese fuego y lo
que salga de eso, será (creo a medias esto), una especie de salida. Un libro que me “llegó”, de
un autor desconocido para mí, hace que tenga la esperanza que buscaba por ejemplo en el
ajedrez, y me de mi propio permiso para permitirme escribir”.

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Relatos de Bautista: Florencia

La reconocí al instante, tengo, y lo digo con modestia, una memoria precisa, y aunque selectiva, aquello que decide atesorar, perdurará toda la vida en mi cabeza, por eso pude reconocerla incluso de espaldas a mí, sentada cuatro filas de asientos hacia el frente del colectivo. Se llamaba Florencia, aún se llama, y este nombre hermoso nunca le fue fiel; de todo lo simbólico que puede tener el nombre, la voz de una Florencia tal, Flor, la presencia, o lo que sea que la mente vaya asociando de forma acumulativa mientras uno se cría, esta Florencia solo tenía de bello, el orden de las letras que formaban el nombre.

Y allí estaba, seguro de que me había visto subir, clavando esos mismos ojos nuestros, ojos a montones, marrones y simples, algunos más duros, más agresivos, y sin embargo, al verme, no me hizo ningún gesto, ningún saludo. Puede que exista una especie de vergüenza (al menos en mí la hay) cuando alguien del pasado me cruza, y se me sale por la boca un deseo de súplica a modo de disculpas, de confesar amargamente: “lo siento, te recuerdo, pero viviendo me olvidé de ti”. No me importó su disimulo, sino que su imagen trajo de nuevo aquella época que vivirá siempre en mi memoria, la época de rodillas raspadas y guardapolvos, donde creíamos con toda la pasión del corazón que éramos héroes de la mañana, del recreo y, por lo tanto, de ese paisaje que nos esperaba en el horizonte; ser lo que sea, pero siempre héroes.

Recuerdo, de esta Florencia, a unos asientos de distancia, con esa piel porosa, como de chancho que siempre la caracterizó, recuerdo haber leído su nombre en una noticia policial sobre un tiroteo por causa de drogas; según el enunciado, dos desconocidos en motocicleta pasaron por el frente de su vivienda disparando contra la misma, un proyectil se introdujo por una de las ventanas y terminó su recorrido en la pierna de Florencia X. Pienso que si escarbamos un poco en la historia anunciada por el diario, de seguro podría encontrarse algo de “heroísmo”, de esa arrogancia que nos jurábamos. ¿Cómo pudo aquella niña con sobrepeso, capaz de ser dulce pero enojona por las burlas a su físico, terminar en un caso de drogas? No me interesa y hasta me gusta; lo correcto no es para todo el mundo.

Pero Florencia no subió sola al colectivo. A su lado la acompaña un hombre con demasiados años y demasiada vida; su pelo blanco era corto, casi rapado, y así y todo logra quedarle desprolijo, la barba igual. Sospecho que por el tono de su piel es un ávido bebedor de vino, de esos tipos que pueden pasarse el día entero observando el descampado del frente bebiendo hora a hora la bebida cada vez más tibia. Él saca dinero y ella lo abraza, entonces él baja una mano, ella se acomoda un poco, van hablándose al oído en susurros. Reconozco lo que Florencia hace, cómo se alimenta. Y la cosa no tendría mucho más, este tema de cruzarme a la gorda de séptimo, pero conozco otro detalle sobre ella; quizás diez años atrás, o nueve años atrás (con las fechas mi memoria sí es mala), ella se casó, logró encontrar una estabilidad, alguien que quiera y ame a su hija por más que el padre de la pequeña no haya existido nunca, y el hombre con quien contrajo matrimonio era un pastor evangélico de nombre B.

Imagino que el matrimonio es aburrido en sí mismo, pero casarse con un pastor debe ser un hartazgo de suspiros. Además, comprendo bien a los héroes de aquella infancia: llevamos ese germen que todo el tiempo nos está diciendo que los días no arreglan nada y que por lo general destruyen las cosas, así que estarse quieto y creer en poder arreglar nuestra vida en quietud, nos es difícil. Y veo a Florencia, la gorda “horrible”, destruyendo su matrimonio, podrida de la rutina, porque ella es una heroína y esa es la promesa de la niñez que nadie pudo arrancarse. La veo lanzarse sola a estas calles llenas de vapores poco amigables y la veo también esperanzada de que era su momento y de que ella podría todo. Pero el hambre, y sobre todo la producción del hambre, no es amiga de nadie.

Entonces la puedo reconocer pensando que, quizás no sea mala idea que ella se convierta en narco, pensó que podría vender droga solo por unos meses, hasta acomodarse; solo que no hay nada más peligroso que ese mundo de mandíbulas y sangre espesa, y los costos que subieron y subirán, y ya poco importaba si lo que hacía estaba bien o estaba mal, al menos hasta el momento de sentir un minúsculo pedazo de metal —si lo comparamos con su cuerpo— pegándole en su pierna y hacerla caer al suelo. Descubrir entonces que debía cambiar de oficio, y este oficio que ahora hace sin disimulo, delante de otro “héroe” de la infancia como yo, no está tan mal; los viejitos a lo sumo se emborrachan y tocan de más, ese es todo el peligro. Y yo la miro y pienso: estos son los héroes que somos, los que quisimos o pudimos ser. Pero no yo; Florencia y el resto son los verdaderos. Yo solo proyecto una mirada sin respuesta a través de los vidrios del bondi, pensando en cómo haré para comer hoy por la noche.