“Es sábado alrededor de las ocho de la noche y está lloviendo de forma pareja, escribo por
dos frases específicas que leí hace unas horas: ‘Tome unas hojas de papel y durante tres días
seguidos escriba, sin desnaturalizarlo y sin hipocresía, todo lo que se le pase por la cabeza.
Escriba lo que piensa de sí mismo, de sus mujeres, de la guerra turca, de Goethe, del crimen
de Monk, del juicio final, de sus superiores, y al cabo de tres días se quedará estupefacto al
ver cuántos pensamientos nuevos, nunca experimentados expresados hasta ahora, han brotado
en usted. En esto consiste el arte de convertirse en tres días en un escritor original’. La frase
es de Ludwig Borne.
Y la segunda frase es:
‘Lo que usted vive es horrible: muy bien. Vívalo. Adhiérase. No sea solo este horror. Si debe
morir por esa causa morirá por ella. No busque razones ni medios de escapar. No haga nada,
no le dé más vueltas: es la única condición para que pueda producirse un cambio’. Estas
palabras salieron del psicoanalista Francois Roustang, no es un texto, es un diálogo en el cual
Francois le responde a Emmanuel Carrere, según cuenta este último en su libro “Yoga”.
Me gustan estas frases, desde hacía unas semanas tenía la idea de no intentar cambiar nada en
mí y hundirme como soy con la esperanza de que alguna especie genuina de intelecto surja.
Entonces, esa frase de Francois, un poco incendiaria, coincide con lo que venía meditando.
La otra frase, la de Borne, (no tengo idea de quién es ni qué hizo, luego usaré Google e
intentaré conocerlo) me agrada. Y un poco me inspiró a hacer algo para incendiarme, sin
sufrir, aunque no tiene mucho sentido no querer sufrir.
Una breve introducción al fuego: mientras escribo, mi mujer me ceba mates, no solo a mí,
sino también a mi madre, ellas hablan, en la televisión están pasando la película Gladiador,
no escucho su charla, o al menos tengo la capacidad para omitirla, hasta que mi madre habla
de un primo de ella, a quién jamás conocí y no recuerdo haberlo visto alguna vez en
fotografía, debido a que ese primo murió antes de sus diez años. Le cuenta los síntomas a ‘O’,
mi mujer; ese primo murió en dos semanas, un niño de ocho años. Empezó primero que le
dolía el pecho, que le molestaba, esto le decía a sus propios padres, vivían en un pueblo, o un
campo, no sé bien los detalles, en ese contexto, los médicos de aquella época no sabían que le
sucedía al niño, por ende sus padres deciden traerlo a Venado y allí descubren que tenía
leucemia avanzada, final, solo vive dos semanas más. Esa chispa fue necesaria para mi,
porque mi madre describió los síntomas: dolor en el pecho, luego dolor general en todo el
cuerpo, y a mi me pasa lo mismo, todos piensan que es por contractura o por mi demente
ansiedad, mis nervios, mi locura, etc. etc. Pero me asusto y me imagino morir, como aquel
niño, dentro de dos semanas. Me tiemblan las piernas, quiero acostarme, porque un rato
acostado y ya todo se me pasa, como siempre, respiro, tomo mi nuca con mi mano derecha, ni
mi mujer ni mi madre saben lo que estoy procesando, muevo los pies unos centímetros y la
mesa parece moverse, hago tronar mis hombros, mejor dicho, los músculos o huesos de mi
espalda alta, ellas siguen sin saber que me estoy muriendo, que estoy asustado, a la vez que
frustrado, porque otra vez: pánico, una más, y yo solo quería escribir tranquilo, inspirado por
dos frases. Pasa un momento… las llamas se apagan, otra vez soy yo. No tengo leucemia.
Prendo un cigarrillo y vuelvo a las frases, quería explicar, con ellas, lo siguiente: siento
certeza al decir que los libros nos elijen, sí, los libros, desde los estantes, desde otras sienes
con hambre, se lo comento siempre a ‘O’: “amor, todavía no puedo explicar él porqué, o lo
que sucede detrás de la elección de un libro, pero estoy seguro de que los libros nos elijen,
llegan a nosotros justo cuando los necesitamos, y, si por la rutina misma de los días, nos
encontramos leyendo algo que no era para nosotros en ese momento, vamos a leer mal,
aburridos, desganados y sentir una fuerza que nos obliga; cuando sentimos eso, es porque el
libro no nos eligió a nosotros, sino uno a él, ya sea porque pensamos que es una lectura
obligatoria para nuestra meta, etc.”. ‘O’ se ríe y me dice que puede ser, que tal vez nos elijan,
aunque no creo que me entienda lo que quiero decir.
Puedo argumentar esta reflexión, me asocié a la biblioteca. Dudé en hacerlo, tengo una
biblioteca propia de alrededor de doscientos libros y aún no pude leerlos a todos, ¿Por qué
entonces traer más desde la biblioteca? (Además con eso soy algo peligroso, si el libro me
gusta no quiero desprenderme de él, y debo obligarme a hacer lo correcto) En mi colección
no tengo libros de ajedrez, y eso fui a buscar. Pedí permiso en el trabajo para salir una hora
antes y llegar a la biblioteca, pero no encontré, en esa primera vez que fui, los libros de
ajedrez que tanto necesitaba, sucede que podría haberme quedado un buen rato buscándolos
entre las varias estanterías, nadie me apuraba, el lugar aún no cerraba. Pero estaba
comenzando a sentirme mal, lo supe porque mis pies siempre comienzan a temblar o aflojarse
un poco, además había allí, entre los estantes, una chica joven, y yo comencé a sentirme mal,
por mis pies primero y luego por la chica joven, que sin hacer nada de nada, hacía que me
sintiera incómodo. Busqué rápido en el estante de literatura norteamericana: “El ángel que
nos mira” de Thomas Wolfhe, no estaba, nunca esta en ningún lugar ese libro. Intente también
encontrar: “El verano que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Țîbuleac, tampoco. Apurado ya
por la necesidad de salir corriendo y llegar a mi casa, a mi cama, me acerque sin ganas al
estante de escritores argentinos y busqué así no más, “Los lanzallamas”, de Arlt. ¿Por qué no?
Hace un año terminé de leer la primera parte “Los siete locos”, que mejor que terminar esa
bilogía de una vez. Además, amo a Arlt. Sobre todo sus “aguafuertes porteñas”. Lo tomé, se
lo di a la chica encargada de recibir y registrar la salida de libros, me dio la ficha y salí
corriendo hacía mi casa.
Al llegar supe que me equivoque. No tenía ni el libro de ajedrez, y tampoco sentía que había
elegido bien. Así que ayer por la mañana decidí ir a buscar otro. No quiero describir otra vez
como saco los libros, solo decir que retiré “Yoga” de Carrére, escritor francés. Yo mismo me
condeno al dejar a Arlt, pero repito: los libros nos elijen. Y este de Carrére me lo vuelve a
confirmar. Ayer, viernes por la tarde, tuve una discusión, la de siempre, loco de bronca por
tener que ir a trabajar. Solo que no fue una discusión más y algo me asustó, no fue una acción
consciente lo que describo a continuación: en el fervor de la discusión con mi madre,
mientras ‘O’ observaba, cerré los puños y los estrellé contra la mesa de plástico, tan fuerte
fue el golpe que todo lo que se posaba en ella saltó por los aires, el mate se rompió, la pava
eléctrica por suerte volvió a aterrizar en la mesa, quedando tumbada, y el resto de cosas,
todas desparramadas. Pero yo caí en lo que hice luego de dar el golpe y relajar los puños, por
un segundo, por una pequeña fracción de tiempo, me ausenté a algún espacio dentro de mi
mismo. Nunca me había pasado, y todo por el miedo a salir a la calle, a pedalear hasta el
trabajo y morir en el trayecto, morir allí, sentado en mi escritorio, vomitar, descomponerme,
desmayarme, una lista larga de cosas que siempre imagino que me sucederán, por eso,
cuando llega la hora de ir (a cualquier lado), sudo, las manos sudan, mi frente suda, se me
doblan las piernas, tengo retorcijones, gases, debo ir a cagar pero temo descomponerme en el
baño, todo me da vueltas, y a veces no puedo, simplemente me digo un NO rotundo, una
premonición tétrica: no hay que poner un pie en el mundo exterior. Cuándo logro salir ileso
sin dejar de estar descompuesto, tomo la bicicleta y llego a horario a mi lugar de trabajo. En
ese frenesí, de tomar una decisión, di el golpe en la mesa sin estar presente. ¿Qué tiene que
ver con que los libros nos elijan? En mi búsqueda por intentar vivir normal, me llegó este
libro con dos frases que me invitan primero a escribir lo que me está viniendo al
pensamiento, ejercicio que estoy cumpliendo, sin mentir sobre lo escrito, logrando ocupar la
cabeza y no pensar; y segundo, una invitación a incendiarme, ir con todo hacía ese fuego y lo
que salga de eso, será (creo a medias esto), una especie de salida. Un libro que me “llegó”, de
un autor desconocido para mí, hace que tenga la esperanza que buscaba por ejemplo en el
ajedrez, y me de mi propio permiso para permitirme escribir”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/