Antes de que me apuntaran con un arma en la cabeza, o de que me humillaran y tiraran al
piso, o incluso (como lo veo hoy) de que me dieran una guerra que no pedí, no pensaba
escribir más, nunca más. De forma silenciosa la rutina me había absorbido, los gastos y las
costumbres tomaron mi cuerpo, y además, no tenía mucho que decir, algunas cosas dolorosas
siempre hay, por supuesto, en cada uno, y siendo honesto creo que el mínimo dolor puede
generar una obra, aunque no sé muy bien qué tipo de obra.
Todo se hubiera perdido, sin duda, pero he sufrido una transformación causada por el arma de
un policía apoyada en mi cabeza, no voy a agitar mi voz gritando heroísmo, no hay nada de
eso en mi, sigue habiendo miedo, ansiedad, paranoia… y sin embargo, hoy quiero luchar.
Si, una lucha directa contra la justicia, la policía, los fiscales, el Estado. Pero no para
humillarlos, eso ya lo hacen solos, sino, para salvarme a mí mismo, para no convertirme en
un viejo frustrado que pasa sus días despotricando y culpando al resto de sus propias
desgracias. Tres años antes del allanamiento, me había propuesto escribir algo sin mucho
sentido pero intentando incorporar eso que llaman oficio, comencé a escribir un diario, un
ejercicio que comienza con las siguientes páginas, y aunque algo riesgoso, puede ayudar a
alguien que no quiera de este mundo, nada, pero que se vea obligado, como todo el mundo, a
seguir.
DIARIO DE ANSIEDAD
“En mi memoria existía un plan, daba vueltas por mi cabeza desde que mi cuerpo comenzó a
tomar consciencia de sí, ese plan era una vida distinta a la cual decidí soltarle la mano, ¿Por
qué? Crecí y me desprendí de ese plan y esa “supuesta” vida, por pura cobardía. En los años
de adolescencia, cambié de traje y me vestí de adulto, de hombre responsable. El mundo o la
vida, cualquiera de estos dos, implacables, se encargaron de abrirme el cuello cuando tenía
diecinueve años; hoy, diez años después, aún sigo gritando, al verme limitándome, al decidir
ausentarme de todo aquello que me gusta, dejando que la sangre se seque. No soy nada de lo
que imaginé, lo quise todo y nada hice, no pude (no es culpa de nadie) y me excuso con
orgullo detrás de mi primera crisis nerviosa, de mi primer gran colapso de estrés,
desparramado en el piso y pidiendo con lágrimas y gritos que alguien llamara a una
ambulancia.
Una vez, un conocido que tenía me comentó: “Bautista, estoy decidido a matarme”. Y
mientras me contaba todas las dolencias psíquicas que lo empujaban a esa decisión, yo
pensaba dentro mio, dudaba si acaso debía ser egoísta y retenerlo en esta tierra, o, ser su
compañero hasta que él decidiera su final. ¿Cómo lo retengo aquí? ¿Hay algo en este
mundo?¿Qué? Por supuesto, le mentí, le enumeré todas las cosas por las que vale la pena
vivir, cosas en las que uno ni siquiera cree. Me sentí un hipócrita y nunca supe si hice algo
bueno, o algo cruel y en extremo egoísta.
Entendía el sin sentido de mi amigo, yo sentía algo parecido por aquel entonces, pero hoy
puedo entender que tal vez no haga falta morir, sino, nacer de una vez y para siempre. Pienso
que, para vivir lo que sea que uno quiera vivir, deberá renacer en vida, despegarse. ¿De qué
debería despegarme, o qué sería ese renacer? Olvidar las cosas básicas que uno fue
aprendiendo. Mi postura está orientada hacia el olvido de los “pilares” de la vida, de aquello
que hay que tener, de aquello que hay que lograr, sobre cómo se debe vivir, sobre lo que hay
que hacer cada día. Piense lo siguiente: siendo niños nos arrastran a primera hora de la
mañana bajo la helada, acostumbrando nuestros cuerpos a los horarios de producción. Ese
hecho se me hace una sátira y una triste comedia, es esa obsesión porque mi masa biológica,
tu masa biológica, estos cuerpos que cargamos, se puedan reducir a formas teóricas de
conducta, a leyes frías y distantes; la mente se educa para controlar “lo subjetivo”, la biología
obedecerá todo lo que venga de allí. Hay una frase hermosa en Demian, de Hermann Hesse
que dice lo siguiente: “Nada en el mundo repugna tanto al hombre como seguir el camino que
ha de conducirle hacia sí mismo”. Todo lo que vaya en contra de esa domesticación, podrá, en
un principio, generarte arcadas.
Tengo que ganar en mi lucha contra la ansiedad, ganarle a esto. En este camino de búsquedas,
he conocido el caso de una joven de 20 años conquistada por los pánicos, saliendo a caminar
por las calles con un andador por temor a caerse, siendo que clínicamente se encontraba
totalmente sana. Sí, podrá pensar que aquello era mucho más que pánico, alguna otra
patología, pero le aseguro que un camino de acceso hacia los abismos, es el pánico y la
ansiedad desbordante. Soy el adulto intentando ser normal, lo que se espera de todo hombre,
e intuyo que ese estrés, es el cuerpo hablándome por mi error de vivir así, por eso debo nacer
de nuevo, seguir mis deseos más ‘salvajes’”.
Puedes encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/