“Van a ser las tres de la tarde, estoy en el trabajo y desde hace dos horas, mi cabeza, intenta
jugarme en contra. Tengo ganas de salir a la calle, de dar un grito largo y sostenido. El
gruñido de un hombre asustado, que solo quiere estar tranquilo, hacer lo que hacen todos, lo
que se debe hacer. En los últimos tiempos me acuerdo de un pobre diablo de la infancia, un
muchacho que temblaba demasiado por una especie de enfermedad genética, hereditaria, ya
que su padre la padecía con mayor intensidad e incluso ya con graves fallos cognitivos y
motrices. Pienso en él, en “el Marta”, así lo llamábamos. Pienso en él para intentar
tranquilizarme, decirme: “si no te controlas vas a terminar como el Marta”. En este momento me cuesta hasta seguir con esta redacción obligada.
Me duele un poco la cabeza, siento el rostro caliente. ‘O’ me retó: “Eso porque estás
pensando en el trabajo y tendrías que dejar de hacerlo”. Y sí, estaba pensando un poco en el
trabajo, pero también pensaba en otra cosa, en algo que me dijo una conocida, ‘G’. Esto, se
relaciona con el goce del padecimiento, es interesante, viene de Freud, sus pulsiones. Si no
me equivoco, el psicoanalista busca descubrir la omisión inconsciente del “por qué”, pero con
estos de los pánicos, Freud no encuentra que haya que afrontar una búsqueda inteligible de
ese por qué, lo ve como angustia, no como algo que fue tapado por los años y que haya que
arrastrar desde el plano inconsciente hacia el consciente. Sí es así, estoy cagado, no de miedo,
sino sin nada que buscar. Por eso, reflexiono lo contrario, imagino pues que hay un “por qué”
en este modelo de padecimiento, y ahora se me ocurre la queja, una pelotudez, puede ser algo
más serio, más interesante que la “queja”. Aunque esto de mi queja no es tan poco tan vacío,
al menos eso quiero creer. Hay goce en el padecimiento, bien, el cuerpo es adicto, bien, la
pulsión de muerte, bien. Todo eso se entiende y solo queda (y esta es la gran prueba)
aplicarlo. ¿Cómo mierda lo hago?
Pienso en la queja, me recuerdo a mí, de adolescente y una de tantas frases que repetía era “sé
que si trabajo para alguien, voy a preferir estar muerto”. ¿Me habré hecho daño a mi mismo?
De dónde viene esa frase tonta. Viene de la queja. También recuerdo que siempre repetía: “yo
trabajo todo el tiempo, todo el día, estudio, analizo; el problema no es el trabajo, el problema
es hacerlo para otro, trabajar para otro”. Es una postura que ahora me causa bastantes
problemas. Debo decir también que detesto cualquier tipo de orden, y que se entienda, no dije
encargos, dije órdenes. Por más sutil que me sea dada la misma, me veo queriendo romper
todo al recibir una. Un capricho tal vez, esta forma mía de ganarme el pan. Soy un niño
caprichoso que quiere quejarse, seguir quejándose, pero soy también un niño que quiere
comer, por eso omito la queja, el pleito, terminando de explotar por dentro. Es el problema de
casi todos, vivir como no se quiere; yo, el poeta, el rebelde, el intelectual, el programador, el
que quiere estudiar matemáticas (no sé porqué) viviendo igual y siempre tirando a una
posición económica algo peor. Voy plantando mis propias piedras, para tropezar hasta
abandonar el trabajo de turno, o hacer que me echen, o que me pesquen cometiendo alguna
falta, haciendo trampa. Ahí esta la “queja” diciéndole al jefe: “no valoro tu dinero ni tu
trabajo”, quizás no poder decirlo me mata. Y pienso que al ser una “queja” formal para mi, de
vida o muerte, la burla silenciosa hacia mis patrones no llega a ser un antídoto suficiente para
atravesar la jornada de trabajo.
Voy a probar con controlar mi queja, vestir un personaje (que mal me suena). La falsedad es
nuestro rezo, el de Nietzsche con Dios ha muerto y el hombre reemplazó la deidad por el
signo del dólar, al final todos somos perros y los canes aman a sus amos”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/