“Sobre Pizarnik, vi en internet un comentario de ella sobre Cesare Pavese, decía más o menos
que había quedado maravillada sobre lo que Pavese reflexionaba, ya que, según ella, había
reflexionado lo mismo y esa coincidencia la llenaba de energía, haciéndole pensar que no
estaba sola y que existía la posibilidad, que como Pavese, ese pensamiento y coincidencia
fuera una salida de la oscuridad. No bastó más para que fuera hasta la biblioteca y retiré la
narrativa completa de Pavese. Recuerde que los libros nos eligen, y a veces sucede de esta
forma, uno llega a ellos y, en mi caso, guiado por el azar de encontrarme con la publicación
(el post) de Pizarnik.
Por supuesto que referencias como esta hay miles, basta con leer vigilar y castigar de
Foucault, cosa que me llevo a descubrir a Thomas de Quincey, un narrador exquisito, si no lo
conoce, búsquelo y busque también, si necesita referencias, quienes admiraban a Quincey.
También al leer “Fausto” de Goethe se ven los pies de páginas llenos de referencias, tantas
cosas por descubrir… Siguiendo con Pizarnik, pienso en los fantasmas que existen dentro
nuestro y que, a pesar de que estos fantasmas existen en cada ser humano, solo en algunos se
agrandan hasta el punto de convertirse en verdaderos demonios de carne, con mirada negra,
pies rápidos y cuchillo en mano. Con esto quiero contar mi historia de renuncias, porque hoy
martes renuncié a mi trabajo (anticipo que no me dejaron). Estuve desempleado alrededor de
seis o siete horas, y cuando reflexiono sobre mi decisión y mi acción, es cuando veo a mi
fantasma convertirse en fuego real, en espanto con fuerza y volumen.
Mi frase de renuncia fue: “Voy hasta el kiosco a comprar masitas”, no fui hasta el kiosco y
cuando llegue a mi casa, agitado y sudoroso, llamé para decir que no iría más. No lo
entendían y no lo quisieron entender (mi trabajo consiste en vender casas), no hubo forma, no
tuve maneras para que me acepten la vestimenta de trabajo, no querían que se las lleve y ellos
me vinieron a buscar hasta mi cuartito, pidiéndome explicaciones, que les diga la verdad, que
querían saber que era lo que estaba mal, lo que querían que corrijan, para cambiarlo, para que
ya no me moleste. Pensé, cuando pasaba todo esto, que estaba siendo ese niño caprichoso
amante de la queja, pensé en las horribles ganas de llorar que me agarran en la oficina,
miraba dentro de mi cuando me pedían que siga, recordaba todas aquellas cosas para no
ceder, y siendo sincero, me sentí como el peor hijo de puta. ¿Por qué? ¿Por qué ablandarme y
olvidarme de mi sufrimiento y tener ganas de suplicarles perdón, qué no me dejen sin
empleo, por qué? Sé que no es normal que tu jefe te siga hasta tu casa, negándose a aceptar la
renuncia, que te permita faltar ese día prometiendo que no te lo descontará, y asegurando
además, que me va a permitir pensarlo, que lo analice toda la tarde, que él va a volver a pasar
cerca de las nueve de la noche, cuándo vuelva de su viaje a Rosario. Imaginé que no volvería,
que él también tuvo su rato de análisis, que nadie es imprescindible, pero hace un rato
golpearon las manos, no salí. Gritaron mi nombre, tampoco salí, se metieron por el pasillito
oscuro, esquivando los pibes que fuman faso y toman merca y tocaron mi puerta, tuve que
salir, era él. Aún no puedo dejar de sentirme mal por mi accionar. Pensé toda la tarde. Lo
primero que busqué en esta tarde de reflexiones, fueron excusas válidas, pequeñas cosas.
Ninguna excusa tuvo éxito, si no me convence, menos va a convencer a este tipo que vino a
golpear la puerta de mi cuartito. Concluí que lo mejor era decir la verdad. Y lo hice, le
comenté que muchas veces, sentado en mi escritorio, me sentí morir. No lo actué, dije que
pensé serle sincero y así fue, aposté por la sinceridad porque al fin de cuentas, tampoco ‘C’ es
un mal tipo, esta aquí como todos, intentando sin saber que hacer más allá de lo suyo.
Sentí vergüenza mientras hablaba, un tipo de veintinueve años diciéndole a su jefe que a
veces tenía ganas de llorar. Que solo era eso, solo eso, que no había ningún problema.
Respondió “¿y por qué no lo dijiste antes? Somos un equipo, una familia” dijo también
alguna cosa más sobre el trabajo, pero siguió siendo humano y se quitó el título de patrón,
habló de sí, de sus problemas, de sus gestos. Nos dimos la mano y me preguntó “¿Mañana
volvés?”, “Sí, a las nueve estoy ahí”. Dos adultos sin más ambición que queriendo cumplir el
papel lo mejor que se pueda, por mi parte no tengo idea de cuánto más aguantaré ahí, si podré
seguir vendiendo o incluso siéndole útil para algo, puede que vuelva a equivocarme en el
futuro y le termine fallando, sé, conociéndome bien, que es una probabilidad alta, pero me
dejó tranquilo, ahora estoy bien, voy a cenar té con galletitas junto a ‘O’, mi madre comerá
ensalada”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/