Relato: Diario de ansiedad. Parte #12

“Han pasado casi dos días en los que no he podido escribir nada de nada. No porque la
textura se haya acabado, esto es sobre lo que venga. Pero, suceden un par de cuestiones.
Como comenté en líneas anteriores, la cuestión de haber abandonado el trabajo me trauma un
poco, me siento mal por ser tan débil ante la posibilidad del hambre, si… tenía un plan, una
especie de plancito que me permita seguir alimentándome, pues ese plan hasta ahora no ha
ocurrido. Calculaba, que con el dinero que ‘C’ aún me debe, lo podría utilizar en realizar
churros y salir a venderlos o, en su defecto, comer con esa plata hasta poder empujar lo
suficiente como para conseguir trabajos de limpieza. Y refiriéndome a limpieza, el
mecanismo es ir comercio por comercio preguntando si no desean que les limpie los vidrios y
le baldee la vereda a un precio económico. Hasta el momento nada ha comenzado, ni ‘C’ ha
aparecido con el dinero que me debe, y en todos los comercios que visité, siempre ha sido la
misma respuesta: No, gracias. ‘O’ me dice siempre: “con hambre o con la panza llena, me
quedo con vos”. A pesar de esta fortaleza, hoy lloramos juntos. Lloramos sobre todo por ese
sentimiento que florece al no comer y que por supuesto no esperábamos: el sentimiento es
sentir que uno no sirve para nada, que nunca va a servir para nada y que, con una fuerza
descomunal, te conquista la idea de tirarse a la cama juntos, abrazados hasta ir muriéndonos
poco a poco.
Logramos salir de eso. Pensé en De Quincey, pensé en los grandes que han pasado por esto,
en esas vidas cargadas de monstruos, y me pregunté ¿Cómo lo lograron? ¿Cómo es que
hicieron obras memorables mientras morían de hambre, de frío, de alguna enfermedad?
Bueno, por algo sus nombres se recuerdan hasta el día de hoy. Otro recurso que agoté fue
intentar vender parte de mi biblioteca, la parte específica que el mercado considera “la mejor
literatura”. Fui hasta un local que vende libros nuevos y usados, y se los ofrecí, su respuesta
me defraudó: “depende el estado, solo clásicos latinoamericanos”. Entiendo porque hay
muchos estúpidos intentando ser los nuevos Cortázar o Borges, o lo que es peor aún,
creyéndose Cortázar o Borges en cuerpo y forma, como sea, adiós a la posibilidad de que mi
biblioteca me salve. Al menos para conseguir la plata como para comprar unos fideos, uno o
dos pedazos de pan y ponerme a cocinar churros.
No quiero seguir hablando de estas cosas, pienso que sin darme cuenta se ingresa a una
postura de víctima que es inexistente, yo mismo busque y cometí los errores necesarios como
para no tener para comer”.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relato: Diario de ansiedad. Parte #11

“Hoy es martes y por lo visto los martes me descontrolo. Fue el martes pasado cuando dejé el
trabajo, y hoy lo volví a hacer. Es el síntoma del cuerpo, sí, el síntoma de que no debo volver
allí, no tengo un peso, nada, así y todo se que no soy capaz de resistir un día más en ese
trabajo. Ahora que ha pasado un par de horas, y con el cuerpo dolorido, me siento muy mal,
no por el fuego mencionado, sino por el hecho de dejar el trabajo. Por más pensador, rebelde,
anarquista, libre, como quiera llamarlo, por más salvaje que sea una persona, abandonar el
puesto laboral duele, y concluyo, sin mucho análisis, que es por el daño hecho, desde la
infancia, la pre-adolescencia, la adolescencia, la adultez joven, como decía Severino Di
Giovanni (el dolor de: tener, no tener, o buscar trabajo, es dolor), toda la vida encaminada
hacia una sola función: trabajar. Dejarlo deja en uno la sensación de que pierde la
oportunidad de vivir algo, de que algo acaba, y eso deja un gusto amargo, de difícil digestión
si tenemos en cuenta la cultura mencionada, la búsqueda de trabajo, la concreción en el
trabajo de la vida misma, del sentido completo de la existencia, dejarlo, es un poco ir en
contra de todo lo que uno es, por la formación obtenida y por la cultura en la cual se vive.
Abandonar el trabajo es siempre perder algo, y muy rara vez tener la oportunidad de hacer
algo nuevo. Se esta mal, no hay otra.
Juego con los números para encontrar una justificación a mi decisión, pienso en lo que cobro
y en lo que sale vivir. Veamos, el sueldo básico ronda los ciento setenta mil pesos, en este
trabajo cobro ochenta mil al mes, uno a cero a mi favor. Gano cuatro mil pesos al día, en
dolar blue son casi seis, en dólar oficial son exactamente diez dólares con nueve centavos,
más gráfico: un kilo de azúcar sale mil doscientos, mil trecientos pesos, por ahí anda; el kilo
de carne en algunos lugares cuatro mil, en otros tres mil seiscientos y así, todos estos
números me dicen que no debo seguir trabajando allí, sin embargo, duele. La cultura y la
pobreza de mi bolsillo, si pienso en ellos, seguiría trabajando allí hasta reventar, y otra vez
vuelve a mi cabeza esa idea de que como nací un martes, esto puede ser algo poético.
Ayer lunes no pude escribir, hoy me encontré con todo esto, y si bien esto es un texto sin
filtros, una improvisación general y no sé si con demasiado sentido, en una libretita verde,
voy anotando tópicos, puntos a modo de que hablar, y partir de allí si me llego a quedar
bloqueado en un momento. Con ironía releo el tópico que esta encabezando la lista hasta
ahora: “de una bici casa y/o cobrar los viernes”. Imagino que si no tuviera miedo viviría en
una bicicleta, o mejor dicho, tirando de mi casillita con una bicicleta. Busque en Google,
usted lector, lo siguiente: “Byke camper”, y si no le aparecen muchos ejemplos intente con:
“Byke camper for homeless”, con este último imagino que verá ejemplos mucho más
creativos y sin tanto sentido comercial que como el primero. Luego, la segunda parte del
tópico dice algo sobre cobrar los viernes. Antes de conocer a ‘O’, mi visión sobre la vida
ideal era crear una byke camper, bien armadita, con aislación y algún tipo de baño, y vivir de
esa forma, haciendo cualquier changuita para cobrar los viernes, y estaría viviendo sin
dudarlo de esa manera si hubiera tenido los sesenta mil pesos que por entonces necesitaba
para construirlo. Luego conocí a ‘O’ e imaginé otro tipo de vida junto a ella, me refiero a esa
postura un poco machista de querer darle a la mujer que ama una “buena vida”, sí, puede que
tenga algo de machismo, no sé cuanto, pero si sé que muchísimo de amor; como decía, no
condenaría a ‘O’ a vivir así, pero un día, hablando por hablar, me dijo: ‘hagámoslo’, entonces
confirmé dos cosas. La primera, que elegí bien, la segunda. que está más ‘loca’ que yo al
estar conmigo, aunque es más sencillo el asunto: es más fuerte. Pero así imaginaba mi vida,
con una bici-casa a mis espaldas y cobrando algún peso el viernes, escribiendo y leyendo
mucho, libre, sobreviviendo a fideos blancos y alguna comida normal (aunque cada vez es
más lujosa). Se sufriría menos, no se pensaría tanto en la llegada del viernes, al menos yo no
pensaría tanto en eso, no haría cuentas para sobrevivir siete días y guardar para el alquiler, la
luz, etc. Cuando ‘O’ me confirmó que en algún momento podríamos hacer esta idea,
estábamos en la plaza San Martín, un atardecer de viernes que hacía parecer que estábamos
en primavera, la gente vestida con remeras y pantalones cortos aunque estuviéramos en
invierno. Yo le dije: ‘Amor, imagínate que ahora no tendríamos que ir a ningún lado, que
nuestra casa estuviera aquí, al lado del banco de plaza, y más tarde, cuando llegue la noche, la
llevaríamos por ahí, nos dispondríamos a dormir y comer, imagínate que no estaríamos
mirando la hora como estamos, para volver al cuartito, pensá que no tendríamos que ir a
ningún lado, ningún apuro por nada, solo aquí, sentados, tres horas más si quisiéramos, y
mañana otra vez, hacer lo que quisiéramos’. Puede que la bici-casa solo sea una quimera, u
otra forma injerta en esta forma que conocemos, haciendo uso de la misma, pero no formando
parte en sí, con el cuerpo, de esta vida de cuentas.
‘O’ interrumpe esta escritura para mostrarme un poema que le regalé hace unos meses,
escrito porque sí, y dedicado luego a ella, dice lo siguiente:


AMARTE
Te puedo amar, por fuera de todo,
Bien lejos de esto, de cada cosa…
Porque acá,
Entre escalinatas y pasillos,
En horarios,
Entre costumbres y consumos,
Mi amor es monedero,
Mi amor son centavos…
Puedo amar, verás cuánto,
Si miras allí…
Donde las formas son escasas,
Y de las reglas nadie sabe,
Donde no esté prohibida la intensidad,
Ni mal visto apostar,
Lejos, te puedo amar,
Aquí dentro, habría riesgos,
De que esté cansado y mi amor, acá, no sea amor…
Y cada gesto que figure regalar,
Solo sea una costumbre, un estándar,
Siempre que haya porvenir, dinero…
Mi amor cero positivo,
Un día nublado,
Y si existiera aquí, la posibilidad—amar…
¿Qué amor podría darte, yo, aceptando?
Solo fuera de todo sería real,
Donde no pueda, regalarte nada. Amor.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relato: Diario de ansiedad. Parte #10

“Volviendo al origen, mi primer ataque de pánico fue hace unos diez años, era al mediodía, lo
recuerdo bien, estaba comiendo y un simple reflujo estomacal hizo que todo estallara.
Recuerdo tirarme al piso, llorando, creía que estaba teniendo un infarto, recuerdo también a
mi madre, tomándome la mano mientras intentaba calmar mis gritos de “llamá a una
ambulancia, hija de puta, ¿¡por qué no llamas a una ambulancia!?”, era mi fin, estaba seguro.
Diez años después puedo ver otras cosas, como por ejemplo que la angustia siempre estuvo
ahí, dentro de mí, acompañándome, esperando. Uno de estos recuerdos recurrentes, que estoy
seguro jamás olvidaré, es lo que me hizo dejar la escuela secundaria: “tenía un compañero
que se llamaba Ian (aún se llama), le decíamos manzanita. Ian intentaba llevarse bien con
todos, no era muy alto, de estatura por debajo de la media, regordete y con la tendencia de
que sus pómulos enrojecían con facilidad; un par de condimentos para tomarlo un poco de
punto. Un día, a este tal Ian lo tenían arrinconado contra una pared, dentro del salón, no
recuerdo el detalle de haciéndole qué cosa, si molestándolo o incluso golpeándolo; la cosa es
que Ian estaba sufriendo mientras todos los demás reían, en un movimiento, una de las
mangas de su pantalón se le sube casi hasta la rodilla, eso me dejó ver un calcetín hermoso,
colorido, daba ternura que este chico que estaba siendo maltratado tuviera un calcetín tan
lindo, y de hecho era un calcetín como el que nunca yo había podido vestir hasta entonces.
Sin ningún aviso, comencé a sentirme mal, pero no ya por Ian, que era el que en definitiva
estaba sufriendo los golpes, sufrí por la madre de Ian y por la abuela, hasta por las mascotas
de Ian. Me imaginé que si tanto sus familiares como sus mascotas, tenían una mínima idea de
lo que a Ian le sucedía en el colegio. Vi a su madre, o a su abuela, colocando con ternura la
media para que el niño la vista antes de asistir a clases, las vi luego, con esfuerzo, higienizar
la prenda y dejarla lista para un nuevo eso, vi todo lo que hacían para poder comprar ese par
de calcetín tan lindo, tan colorido. Calcetín que era testigo también de los gritos de Ian
pidiendo que lo dejen en paz, que por favor ya no lo molesten. Pensar en eso, en como
lloraría su madre, en como lloraría su abuela y hasta sus mascotas, incluso hasta el calcetín si
pudiera, en como lloraría el mundo por lo que estaba sufriendo Ian, me dejo una sensación
tan honda en el pecho que poco a poco escalo a forma vertiginosa, mi interés por asistir al
colegio, a cualquier tipo de colegio, se esfumó. Jamás lo dije, omití siempre este testimonio al
intentar explicar en casa o a cualquier persona, porque decidí abandonar la escuela,
simplemente ya no podía, me generaba “eso” en el pecho y no quería volver a sentirlo. Por
supuesto, para el resto “el vago la dejo por la calle”, me importa poco lo que hayan pensando.
Tenía trece años cuando sentí “eso” por primera vez, hoy veo que era angustia, y no sé bien
por qué vino por esa imagen del calcetín hermoso que Ian vestía mientras lo maltrataban.
Después, en los años que separaron ese primer contacto con la angustia hasta mi cagazo por
el posible infarto, he tenido momentos en que sentí algo parecido, no tiene mucho caso en sí
narrar cada uno, pero puedo contar como me vi en esos años y como me veo hoy con un poco
más de distancia, jamás lastimé un animal, al menos no de forma directa, me tocó presenciar
a alguno del grupo con quienes vagaba mandarse alguna macana, yo aguantaba las ganas de
llorar por el pobre bicho y al volver a casa abrazaba a mis perros. Ya he comentado sobre un
robo que cometí, el mismo año del episodio con Ian, no tenía zapatillas, un par de amigos de
mi misma edad me dijeron que me harían el aguante, una cosa llevó a la otra y nos
encontramos en el centro golpeando a un grupito de rubios (en verdad eran rubios, no intento
decirles otra cosa) y amenazándolos con un cuchillo para sacarles las zapatillas”.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relato: Diario de ansiedad. Parte #9

“Mañana hay elecciones, no pienso ir, no voté nunca. Todos los rostros políticos me generan
nauseas: tengo la tendencia de imaginarme a las personas cuando recién se levantan, verlas
así, despeinadas, con los ojos hinchados, seguir como si fueran música sus movimientos
lentos, el comienzo del día, el camino de la vida. Intentar ver, en los cuerpos transpirados,
aún con el olor de su piel, aún con mal aliento, con el pelo pegado, como surgen, desde las
sombras aún, como se erigen las justificaciones; y me imagino en paralelo a las caras
sonrientes a la fuerza, simpáticas de forma obligada, de estos tipos y tipas que nos piden
nuestro voto, implorando le demos la chance de salvarnos, vómitos. Un hombre que había
tenido casa, luego de perderla por intentar emprender en este suelo, luego de años de manejar
un taxi, me dice, al enterarse de que nunca voté: ‘a entonces no te podes quejar’. (Todo me
dice siempre que los grilletes nunca dejaron nuestros tobillos de esclavos). Él me dice que no
me puedo quejar, yo salgo a defenderme detrás de la postura que reza: decir que NO también
es un derecho. Si siento que nadie me representa, que estos personajes de camisa y zapatos,
con panzas llenas, están muy lejos de mi, muy lejos de todos los que conozco, ¿por qué me
obligan a elegirlos? Los grilletes siguen estando. Este hombre me retaba por no haber votado
nunca, sin cuestionarse con verdaderas entrañas todas las veces que él había votado mal, a lo
sumo espetaba un “que se le va a hacer”. Es una buena persona, sin maldad, imagino que ha
engañado alguna vez a su mujer, obvio, es fácil enamorarse del trabajo y aceptar todo si se
tienen ciertas libertades. En fin, no era su culpa, al menos no en la superficie, pero si se
escarba un poco la cuestión si que es posible ver que hicieron las generaciones anteriores para
evitar esto, no hicieron un carajo, pero todos estamos aplastados por nuestros gastos, por
llevar adelante la familia, ¿es eso suficiente? ¿La absolución es así de barata? Después
pensamos en las madres, en las mujeres, en los niños, en mayor medida o en menor medida,
hacemos todo por ellos, justificamos, votamos para el culo y mientras los que amamos tengan
para comer, a la mierda el resto, así se vota, por eso elijo no hacerlo.
Hoy pensaba en como hace el resto para tener cosas, rara vez he tenido o conseguido algo.
Pero muchos de lo que conozco logran, bah… “decir lograr”, me refiero a alguna cosita
material. Me importa poco, las cosas materiales, muy poco y seguramente ese desdén por las
cosas hace que no pueda conseguirlas. Pero lo pienso porque durante épocas, años, me he
esforzado, y a lo sumo podía darme el lujo de comprar un helado para mi y para mi madre un
sábado a la noche, el resto: alquiler y comida hasta llegar al próximo pago semanal. Podría
armar teorías: lo logran de cierta forma ilegal, lo patrocinan los padres, etc. No sería correcto
lucubrar alguna forma más o menos ayudada, me da igual lo material, no quiero ponerme a
ver al resto, solo concluyo que por lo general, no consigo nada de nada, me voy de un trabajo
tan desnudo como como entré.
Ya le dí a usted lector, la nota o argumento sobre lo que busco con estas palabras, escritas sin
filtro o control alguno. Aquí no hay raciocinio o algo por el estilo, es una improvisación
volcada sobre el papel. ¿Digo esto porqué? Lo siguiente: concluí sin inteligencia, que la
mujer, la pareja en general, tiene un deseo incontrolable de salir, no importa a donde, salir por
salir, pasear, no es ni algo bueno ni algo malo, pero me rompe mucho las pelotas, de dónde
nace eso, querer salir por salir a donde sea, solo vestirse e ir uno al lado del otro mirando sin
sentido las calles que conocemos de memoria. Estoy mintiendo un poco, lo que me rompe las
bolas hoy es esa manía de ‘O’ de querer ir de los padres, todos los días, arrastrarme a mí
hasta allí, le comenté, ante esta gimnasia, lo siguiente: “a que mierda vamos de un par de
viejos casi-analfabetos con el discurso del evangelio tatuado hasta en la médula”. Bueno,
después me toco remar. Solo me agarró en mal momento, como puede ver no hay raciocinio
aquí”.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relato: Diario de ansiedad. Parte #8

“Viernes señores; siento que puedo mandar un poco a todo el mundo a la mierda, ¡Viernes!
Hasta el lunes al menos. Estoy tan cansado que se me ocurrió la posibilidad, de ser
compatible, de que un albañil, después de una jornada exhaustiva de trabajo, termine
practicando yoga.
Lo dibujo un poco en el pensamiento, una sesión de yoga al atardecer, en un patio muy
bonito, las colchonetas limpias y correctas apoyadas sobre un cesped de corte prolijo, mujeres
con calza, hombres con ropa de gimnasia, toda prenda correspondiente a una marca obvio, y
el albañil apareciendo entre el grupo, él pensó, que podría utilizar cualquier ropa, una que por
supuesto no esté tan manchada por el trabajo que realiza. No es ropa de marca. A la sesión
asiste gente de variada edad, algunos al borde de la edad jubilatoria, otros y otras
comenzando sus estudios universitarios, pongamos que nuestro albañil ronda los treinta años;
en una jornada demasiado calurosa para él, hoy tocó hacer una viga de hormigón en la planta
alta de una vivienda, esto es, armar más de tres cuerpos de andamio e ir subiendo una fila
interminable de hormigón hecho a máquina, es un trabajo con baldes en el que no se puede
descansar. Si frenas un segundo, el resto va a comenzar a insultarte, sientes el corazón latir
con fuerza, los músculos respondiendo con dolor, pero sigues, porque no hay ninguna otra
cosa que puedas hacer, al menos no por la que te paguen. Aparte, el oficial observa todo, y
peón que descansa es peón que no sirve. Una vez me tocó realizar la instalación eléctrica de
una vivienda en la localidad de Murphy, en el terreno de al lado, unos rosarinos levantaban
otra vivienda de ladrillo, comenzaban temprano por la mañana, y una hora después, alrededor
de las ocho de la mañana, estaban totalmente borrachos, con la piel rosa y los ojos rojos de
alcohol, así seguían todo el día, bebiendo y trabajando sin descanso alguno hasta las siete de
la tarde. Mi madre me preguntó una vez, por qué viven y trabajan así. ‘De otra forma nadie
podría resistir, sin alcohol, sin la música tan fuerte como para invadir el pensamiento, nadie
puede soportar eso’. Y volviendo a nuestro pobre albañil que resiste desde hace media hora la
postura, mientras se concentra en el aire entrando y saliendo de su nariz, concluyo que es
improbable, tú puedes trabajar de cualquier cosa y así y todo puedes asistir a yoga, el cuerpo
y la costumbre te lo permitirán, pero no creo que la albañilería ayude en algo a integrarse con
la energía o la posición de quietud que el yoga busca. Así pienso (por eso me explaye un
poco sobre esta boludez) que cualquier teoría de buscar el yo y el desapego del yo, fluir,
energías, etc… Sigue siendo, como todo, una cuestión socioeconómica”.

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/

Relato: Diario de ansiedad. Parte #7

“¿Cuánto piensa un hombre? Jamás lo sabré. En mi máquina de escribir tengo una
calcomanía, es el retrato de José de San Martín, “serás lo que debas ser, o no serás nada”.
¿Por qué esta frase no está citada en millares de escritos? He leído un libro muy bueno sobre
su vida, “La voz del gran jefe”, ¿Por qué digo todo esto? Es mitad de semana, y no puedo
pensar en nada, intento entonces observar al resto, hay gente que no para, trabaja diez o doce
horas, y luego tiene un volcán dentro que utiliza para seguir haciendo cosas, yo, sutil y de a
tropiezos, apenas llego arrastrado a mi cama. De algo me estoy perdiendo, sin duda.
Por eso juego un poco con la frase de San martín. Desde hace años estoy siendo, al menos
para el mundo, NADA. No sé si habrá algo malo en ello. Siempre estoy pensando en cosas,
un taller literario, un club de ajedrez; también busco una idea loca, prohibida en estos tiempos
(más de dos mil años), esa idea que no encuentro es una respuesta a ¿cómo corno hago para
vivir de la escritura? En esos intentos de dar con algo, escribo cartas a mano, las decoro, las
dibujo y también narro fanzines, nada de esto verá la luz jamás, no se si escribiré bien o mal,
eso lo dicen los siglos, pero soy pésimo haciendo collages y cosas artesanales. ¿Ser solo eso?
Reflexiono y pienso en los autores que admiro, tuvieron sin duda, una vida terrorífica, ¿Cómo
vivir? Me gustaría, en parte, vivir con todos por todos los tiempos, y no creo ser lo suficiente
lucido como para llegar al “punto de no retorno” de Kafka. O a la postura que sugiere
Adriano, ese emperador inventado por Margarite Yourcenar que tiene una reflexión sobre
esto: “el hombre que vive y alcanza la inmortalidad, lo logra por haber vivido toda su vida en
los extremos”, refiriéndose a los extremos de la locura, o del horror, de la tragedia, de la
pobreza o la mala suerte, yo me veo común, tanto como para ver un extremo y temblar. El
hombre sabio quizás los conoce, alcanza los extremos, les degusta la textura, y tiene la
capacidad para salirse de esa posición y volver al camino tranquilo de la vida, y dejar pasar el
tiempo con una mirada en el horizonte. Ayer me tocó un día duro, no pude pensar mucho
luego de la visita de mi jefe y mi confirmación de volver al trabajo, luego de eso, me encontré
hablándole a ‘O’ sobre Vigilar y Castigar, un resumen oral de media hora, para con alguien
que jamás escuchó sobre filosofía o sobre Foucault durante treinta años hasta ayer a la noche.
¿Qué fui? ¿qué gané? ¿Fui lo que se supone que soy?

Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/