“Han pasado casi dos días en los que no he podido escribir nada de nada. No porque la
textura se haya acabado, esto es sobre lo que venga. Pero, suceden un par de cuestiones.
Como comenté en líneas anteriores, la cuestión de haber abandonado el trabajo me trauma un
poco, me siento mal por ser tan débil ante la posibilidad del hambre, si… tenía un plan, una
especie de plancito que me permita seguir alimentándome, pues ese plan hasta ahora no ha
ocurrido. Calculaba, que con el dinero que ‘C’ aún me debe, lo podría utilizar en realizar
churros y salir a venderlos o, en su defecto, comer con esa plata hasta poder empujar lo
suficiente como para conseguir trabajos de limpieza. Y refiriéndome a limpieza, el
mecanismo es ir comercio por comercio preguntando si no desean que les limpie los vidrios y
le baldee la vereda a un precio económico. Hasta el momento nada ha comenzado, ni ‘C’ ha
aparecido con el dinero que me debe, y en todos los comercios que visité, siempre ha sido la
misma respuesta: No, gracias. ‘O’ me dice siempre: “con hambre o con la panza llena, me
quedo con vos”. A pesar de esta fortaleza, hoy lloramos juntos. Lloramos sobre todo por ese
sentimiento que florece al no comer y que por supuesto no esperábamos: el sentimiento es
sentir que uno no sirve para nada, que nunca va a servir para nada y que, con una fuerza
descomunal, te conquista la idea de tirarse a la cama juntos, abrazados hasta ir muriéndonos
poco a poco.
Logramos salir de eso. Pensé en De Quincey, pensé en los grandes que han pasado por esto,
en esas vidas cargadas de monstruos, y me pregunté ¿Cómo lo lograron? ¿Cómo es que
hicieron obras memorables mientras morían de hambre, de frío, de alguna enfermedad?
Bueno, por algo sus nombres se recuerdan hasta el día de hoy. Otro recurso que agoté fue
intentar vender parte de mi biblioteca, la parte específica que el mercado considera “la mejor
literatura”. Fui hasta un local que vende libros nuevos y usados, y se los ofrecí, su respuesta
me defraudó: “depende el estado, solo clásicos latinoamericanos”. Entiendo porque hay
muchos estúpidos intentando ser los nuevos Cortázar o Borges, o lo que es peor aún,
creyéndose Cortázar o Borges en cuerpo y forma, como sea, adiós a la posibilidad de que mi
biblioteca me salve. Al menos para conseguir la plata como para comprar unos fideos, uno o
dos pedazos de pan y ponerme a cocinar churros.
No quiero seguir hablando de estas cosas, pienso que sin darme cuenta se ingresa a una
postura de víctima que es inexistente, yo mismo busque y cometí los errores necesarios como
para no tener para comer”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/