“Volviendo al origen, mi primer ataque de pánico fue hace unos diez años, era al mediodía, lo
recuerdo bien, estaba comiendo y un simple reflujo estomacal hizo que todo estallara.
Recuerdo tirarme al piso, llorando, creía que estaba teniendo un infarto, recuerdo también a
mi madre, tomándome la mano mientras intentaba calmar mis gritos de “llamá a una
ambulancia, hija de puta, ¿¡por qué no llamas a una ambulancia!?”, era mi fin, estaba seguro.
Diez años después puedo ver otras cosas, como por ejemplo que la angustia siempre estuvo
ahí, dentro de mí, acompañándome, esperando. Uno de estos recuerdos recurrentes, que estoy
seguro jamás olvidaré, es lo que me hizo dejar la escuela secundaria: “tenía un compañero
que se llamaba Ian (aún se llama), le decíamos manzanita. Ian intentaba llevarse bien con
todos, no era muy alto, de estatura por debajo de la media, regordete y con la tendencia de
que sus pómulos enrojecían con facilidad; un par de condimentos para tomarlo un poco de
punto. Un día, a este tal Ian lo tenían arrinconado contra una pared, dentro del salón, no
recuerdo el detalle de haciéndole qué cosa, si molestándolo o incluso golpeándolo; la cosa es
que Ian estaba sufriendo mientras todos los demás reían, en un movimiento, una de las
mangas de su pantalón se le sube casi hasta la rodilla, eso me dejó ver un calcetín hermoso,
colorido, daba ternura que este chico que estaba siendo maltratado tuviera un calcetín tan
lindo, y de hecho era un calcetín como el que nunca yo había podido vestir hasta entonces.
Sin ningún aviso, comencé a sentirme mal, pero no ya por Ian, que era el que en definitiva
estaba sufriendo los golpes, sufrí por la madre de Ian y por la abuela, hasta por las mascotas
de Ian. Me imaginé que si tanto sus familiares como sus mascotas, tenían una mínima idea de
lo que a Ian le sucedía en el colegio. Vi a su madre, o a su abuela, colocando con ternura la
media para que el niño la vista antes de asistir a clases, las vi luego, con esfuerzo, higienizar
la prenda y dejarla lista para un nuevo eso, vi todo lo que hacían para poder comprar ese par
de calcetín tan lindo, tan colorido. Calcetín que era testigo también de los gritos de Ian
pidiendo que lo dejen en paz, que por favor ya no lo molesten. Pensar en eso, en como
lloraría su madre, en como lloraría su abuela y hasta sus mascotas, incluso hasta el calcetín si
pudiera, en como lloraría el mundo por lo que estaba sufriendo Ian, me dejo una sensación
tan honda en el pecho que poco a poco escalo a forma vertiginosa, mi interés por asistir al
colegio, a cualquier tipo de colegio, se esfumó. Jamás lo dije, omití siempre este testimonio al
intentar explicar en casa o a cualquier persona, porque decidí abandonar la escuela,
simplemente ya no podía, me generaba “eso” en el pecho y no quería volver a sentirlo. Por
supuesto, para el resto “el vago la dejo por la calle”, me importa poco lo que hayan pensando.
Tenía trece años cuando sentí “eso” por primera vez, hoy veo que era angustia, y no sé bien
por qué vino por esa imagen del calcetín hermoso que Ian vestía mientras lo maltrataban.
Después, en los años que separaron ese primer contacto con la angustia hasta mi cagazo por
el posible infarto, he tenido momentos en que sentí algo parecido, no tiene mucho caso en sí
narrar cada uno, pero puedo contar como me vi en esos años y como me veo hoy con un poco
más de distancia, jamás lastimé un animal, al menos no de forma directa, me tocó presenciar
a alguno del grupo con quienes vagaba mandarse alguna macana, yo aguantaba las ganas de
llorar por el pobre bicho y al volver a casa abrazaba a mis perros. Ya he comentado sobre un
robo que cometí, el mismo año del episodio con Ian, no tenía zapatillas, un par de amigos de
mi misma edad me dijeron que me harían el aguante, una cosa llevó a la otra y nos
encontramos en el centro golpeando a un grupito de rubios (en verdad eran rubios, no intento
decirles otra cosa) y amenazándolos con un cuchillo para sacarles las zapatillas”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/