Relato: Diario de ansiedad. Parte #14

“Sí, septiembre me parecía un mes mágico. Siempre sucedía algo interesante, un proyecto,
alguna conquista, algún pequeño éxito económico que me dejaba unos billetes en el bolsillo,
algo siempre pasaba. Pero la cosa fue cambiando, mientras más crecía más difícil era que este
mes fuera aquello que había sido: aromas frescos que el invierno no podía alcanzar,
atardeceres con algún sentido. De forma gradual y silenciosa, este mes tomó el cuerpo de una
bestia dura y pérfida. Un diecisiete de septiembre falleció mi hermana menor, después de eso
todos los meses son malos, cuando todo florece, cuando los estudiantes y la vida completa se
vuelve festiva, me sumergí en lo más oscuro que pude vivir y me doy cuenta que aún no
puedo irme de allí, de ese cuarto frío donde mi hermana ya no esta. Hoy tengo hambre,
recuerdo a mi hermana, veo a mi madre, veo a ‘O’, y no se porque permití convertirme en
este infeliz que no tiene ni trescientos pesos para poder comprar un paquete de fideos.
Me acerqué a ‘O’, que esta tirada en un rincón del cuarto, sobre un colchón de goma espuma
pelada, decaída, la beso y le digo que me encanta su perfume. Sonríe. Pienso en mi hermana,
no quiero hablar de ella en este libro, creo que no podría hacerlo, su memoria merece algo
mejor, pensar en ella requiere un trabajo interno, de abstracción fuerte, para mí, la muerte de
mi hermana menor implicaba por una cuestión biológica, mi propia muerte. Es seguro que
esto, para mi madre, para cualquier padre, es mucho peor, uno muere antes que los hijos, que
una hermana menor, el problema entonces es que seguimos aquí, y no terminamos, no
termino mejor dicho, de entender esta última parte, aún vivo, y no se muy bien que hacer con
esa cuestión.
Estar con hambre implica una cercanía a la calle, de seguro en algún momento, si no puedo
comer, menos aún podre pagar el alquiler. Hace dos meses tuve la idea de sacar un folletín
literario con entrega semanal, escribí tres o cuatro y ahí quedo mi proyecto, esperando. El
primero de esos folletines se titula: “¿Qué tiene la calle?”. Una oda casi al pavimento frío y
sucio, allí terminamos desnucados, y en el folletín aplaudo esto, terminar así. La realidad es
dolorosa y toda teoría es un espejismo poético, luego esta el mundo y lo que cada cual tiene
en el bolsillo. Edgar Allan Poe murió en un callejón, Pizarnik necesitaba ayuda para trámites
básicos, y así hubo muchos más. Rondan desde millones de esquinas estos tipos de almas
parecidas, destinadas a la calle, algunos escriben, otros pintan, otros mueren bravos, otros
viven a los tiros, todos de alguna forma, los cercados por la inutilidad para con las cosas,
morimos por, en, o cerca de la calle. El banco de la plaza puede ser el precio, tal vez. Lo de
escritores en la calle lo puedo llamar como el padecimiento de escribir, la enfermedad, una
adicción maldita. Hoy en día los escritores necesitamos apoyarnos en nuestros fans, el
mecenazgo de nuestros seguidores, según el marketing, etc etc… Es más o menos lo que
sucedía antes, pero necesitando muchas más personas. Tiempo atrás bastaba solo ser amigo
de un príncipe, de algún rey, para andar escribiendo todo el tiempo bajo el padrinazgo del
mismo, sucedía en Europa, acá, los latinos probablemente siempre sufrieron bastante.
Quiroga es un ejemplo de ello, que sin llegar a la calle, su propia vida parece sacada de su
libro: “cuentos de horror, locura y muerte”. Un profesor gallego de filosofía explicaba que el
mayor enclave de un filosofo era que corno hacía con su relación con la ciudad, si se
mantenía dentro o fuera y sobre todo, si decidía quedarse dentro, como lo iba a lograr. A mi
lo que me interesaría saber es dónde se desencadena esa tormenta de desgracia, poder
describirla, hacerla carne y quizás ponerla en un cartel: ESCRIBIR PUEDE SER MALO.
Bukowski decía que no importaba. Llego a la misma conclusión, escribir no implica comer o
ganar dinero, es otra cosa, es incluso olvidar las rutinas biológicas, si se come, bien, si no se
come, mal, pero hay que escribir. La calle esta ahí, seamos escritores o metalúrgicos, siempre
espera, hay que reconocerle su paciencia y el fantasma que creamos alrededor de ella es
nuestro fantasma, un concepto social que se escapo de los marcos teóricos y tiene el filo de
una guillotina. Escribir es eso. Por eso quizás me parecen tan falsos estos narradores progres,
de la nueva era, con una birra artesanal en la mano, leyendo poesía en un bar del centro, en un
ambiente aclimatado, bien lejos de la canción del oro, de Rubén Darío”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #13

“Cuando era niño, creía que septiembre era la mejor época del año que puede existir, este mes
era como una muralla infranqueable por la cual nunca podrían colarse las cosas malas. Fue un
veinte de septiembre del año dos mil seis cuando me enamoré por primera vez, y lo hice de
forma entera, y como era obvio, ese amor me hizo llorar. Recuerdo que cuando el mismo
terminó, meses después, incluso un par de años, me imaginaba a mí mismo recorriendo la
vida, siendo adulto, relacionándome con otras mujeres que no fueran ella, y que podría vivir
muchas cosas, pero estaba seguro entonces de que jamás encontraría la pureza, la inocencia
de ese primer amor, el cosquilleo al caminar abrazados por las calles del centro de la ciudad,
que no volvería a imaginar y a soñar un par de ojos con la misma pasión que como lo había
hecho. Todo terminó al enterarse la madre de ella, porque rompimos reglas, y es que un niño
sabe mejor que un adulto que las reglas están hechas para romperse. Volviendo al final de ese
amor, N y yo teníamos un horario en el cual nos permitían vernos, era la condición de sus
padres, solo en cierta hora y bajo la vigilancia de algún adulto; por mi parte, mi madre luego
de que yo cumpliera nueve años, nunca supo bien por dónde andaba ni que era lo que hacía
en las calles. Bien, teníamos un horario y ese horario no nos alcanzaba, se esfumaba muy
rápido. Ella tenía trece años, yo doce. Una de esas tardes, aún durante el horario permitido,
me comentó que no habría nadie en su casa a la mañana siguiente, y que quería que yo vaya,
que rompa la regla de sus padres. No lo dudé un segundo y aguardé toda la noche la llegada
de la mañana siguiente. Eramos aún inocentes y puros, no hicimos el amor ni nada parecido,
solo estábamos sentados en el tapialito de su vereda, tomados de la mano y dándonos un beso
cada tanto. Una tía de ella llegó de imprevisto a visitar a su madre y se encontró con aquello.
Adiós amor, adiós todo lo que creíamos del futuro. La vieja pu… nos buchoneó por más
lloriqueos de N implorándole que no lo haga. Habrán pasado tres días, no más, y no pude
resistirme, fui hasta su casa, dispuesto a enfrentarme a sus padres. Toque la puerta, temblando
de nervios, atendió su madre. ‘N no tiene permiso para verte, no vuelvas. Además, la
llevamos al campo con sus tíos’. Entonces no supe cual era el crimen que habíamos
cometido, hoy lo sé: ninguno. Pero la vieja era demasiado puritana, por eso ahora yo sonrió
con un poco de placer y maldad al recordar que mi primer amor, decidió a sus veinte años,
declararse lesbiana y casi darle un patatus a esa vieja mojigata. No pude haber planeado yo,
mejor venganza que esa, aún río a carcajadas. Bien hecho primer amor, bien hecho.
Pero, debo decir que tengo cierta particularidad (y que nadie se enoje) con una mujer que se
considera lesbiana. En el cuartito en dónde vivo actualmente, fui atacado por una. Obvio que
muchos meses antes de conocer a ‘O’. Paso así: por la tarde la había llevado, a esta lesbiana
X, en mi moto a realizar unas compras, bien, esta X es la sobrina de la señora mayor, LA
SEÑORA anciana, que vive en el terreno donde está mi cuartito. Esa tarde hicimos varios
viajes, y en cada nuevo viaje, esta susodicha apoyaba con más fuerzas sus tetas sobre mi
espalda, usaba tonos y preguntaba cosas que a uno lo hacen lamentar, porque al ser lesbiana
nada pasará. Y más teniendo en cuenta, que en la vereda del terreno donde todos vivimos,
estaba su pareja tomando cerveza y comiendo helados. La pareja de X era una veterana de
casi cincuenta años, rubia, tan flaca que parecía desnutrida y llena de tatuajes. Pensaba: “está
su novia a cinco metros de la puerta de mi cuartito, y sobre todo es lesbiana, que pena”. Me
quedé en la vereda ya que todos estábamos ahí, incluso charlé un poco con la pareja de X. La
tarde se volvía anochecer y yo estaba ya por entrar a mi cuartito cuando la pareja de X se va a
buscar más cerveza. Adelante de todo el mundo (su madre, su tía, sus primos, otros vecinos
del terreno) X se levanta y da un grito: ‘Guacho no puedo creer como me enamore de vos’, se
me acerca y me come la boca. Todos celebran, su madre incluso festeja: “ahí esta hija, bien,
no te vuelvas a Buenos Aires con ella (la pareja, la vieja de 50 años) quédate conmigo y
quédate con él”. Yo sospechaba que esta lesbiana X quería sacarme plata para más cerveza.
En fin, mi madre también estaba en la vereda y sonreía nerviosa. Como la pareja de X había
regresado, me metí a mi cuarto, me sentía mal por ella, soy así, un idiota. Una hora después,
con la oscuridad ya, mientras yo leía recostado en la cama, X entra a mi cuartito y cierra la
puerta detrás de ella. ‘¿Estás bien, Bautista?’, a mi respuesta que sí, (yo ya sabía lo que se
venía), X sube a la cama conmigo y lleva su mano a mi entrepierna, apretaba con fuerza mi
verga, me pide que la bese, la beso. Toco sus pechos, su cola, esa cola redonda que observé
toda la tarde y que me parecía imposible. Se despega de mi boca, me saca el pantalón y se
mete mi pija en la boca. Me la chupa con frenesí, sube y baja con velocidad, con toda su
mano presiona mis huevos. Entonces, justo en ese momento, sale mi idiota completo y la
freno, le digo que NO, no se puede, su pareja puede entrar, etc. Imaginé que la flaca tatuada
no dudaría un instante en clavarme un cuchillo, X se levanta, se esta yendo. Le digo que
espere, mi idiota completo se arrepiente, hago que apoye las dos manos en la puerta, me
arrodillo detrás de ella, le saco el jean con violencia, a la vista me queda su hermosa cola con
una tanga negra, la desnudo. Le pido que abra las piernas, entierro mi cara en su culo, uso
toda mi lengua, gime, ‘shh, no’, le digo. Me levanto y empezamos a cojer, rápido, hacemos
ruidos, se pega a mi antebrazo y me muerde, me hace doler. Pasan diez minutos, doce, quiero
terminar rápido, que nadie se entere, termino. Nos vestimos en seguida, se da vuelta: ‘quería
asegurarme de que estabas bien’, me da un beso y se va para siempre, me quedo pensando en
que debo tener algo femenino, algún rasgo, o que, probablemente, no entiendo nada de nada.
Bienvenido a los cuartitos en un terreno compartido”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #12

“Han pasado casi dos días en los que no he podido escribir nada de nada. No porque la
textura se haya acabado, esto es sobre lo que venga. Pero, suceden un par de cuestiones.
Como comenté en líneas anteriores, la cuestión de haber abandonado el trabajo me trauma un
poco, me siento mal por ser tan débil ante la posibilidad del hambre, si… tenía un plan, una
especie de plancito que me permita seguir alimentándome, pues ese plan hasta ahora no ha
ocurrido. Calculaba, que con el dinero que ‘C’ aún me debe, lo podría utilizar en realizar
churros y salir a venderlos o, en su defecto, comer con esa plata hasta poder empujar lo
suficiente como para conseguir trabajos de limpieza. Y refiriéndome a limpieza, el
mecanismo es ir comercio por comercio preguntando si no desean que les limpie los vidrios y
le baldee la vereda a un precio económico. Hasta el momento nada ha comenzado, ni ‘C’ ha
aparecido con el dinero que me debe, y en todos los comercios que visité, siempre ha sido la
misma respuesta: No, gracias. ‘O’ me dice siempre: “con hambre o con la panza llena, me
quedo con vos”. A pesar de esta fortaleza, hoy lloramos juntos. Lloramos sobre todo por ese
sentimiento que florece al no comer y que por supuesto no esperábamos: el sentimiento es
sentir que uno no sirve para nada, que nunca va a servir para nada y que, con una fuerza
descomunal, te conquista la idea de tirarse a la cama juntos, abrazados hasta ir muriéndonos
poco a poco.
Logramos salir de eso. Pensé en De Quincey, pensé en los grandes que han pasado por esto,
en esas vidas cargadas de monstruos, y me pregunté ¿Cómo lo lograron? ¿Cómo es que
hicieron obras memorables mientras morían de hambre, de frío, de alguna enfermedad?
Bueno, por algo sus nombres se recuerdan hasta el día de hoy. Otro recurso que agoté fue
intentar vender parte de mi biblioteca, la parte específica que el mercado considera “la mejor
literatura”. Fui hasta un local que vende libros nuevos y usados, y se los ofrecí, su respuesta
me defraudó: “depende el estado, solo clásicos latinoamericanos”. Entiendo porque hay
muchos estúpidos intentando ser los nuevos Cortázar o Borges, o lo que es peor aún,
creyéndose Cortázar o Borges en cuerpo y forma, como sea, adiós a la posibilidad de que mi
biblioteca me salve. Al menos para conseguir la plata como para comprar unos fideos, uno o
dos pedazos de pan y ponerme a cocinar churros.
No quiero seguir hablando de estas cosas, pienso que sin darme cuenta se ingresa a una
postura de víctima que es inexistente, yo mismo busque y cometí los errores necesarios como
para no tener para comer”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #11

“Hoy es martes y por lo visto los martes me descontrolo. Fue el martes pasado cuando dejé el
trabajo, y hoy lo volví a hacer. Es el síntoma del cuerpo, sí, el síntoma de que no debo volver
allí, no tengo un peso, nada, así y todo se que no soy capaz de resistir un día más en ese
trabajo. Ahora que ha pasado un par de horas, y con el cuerpo dolorido, me siento muy mal,
no por el fuego mencionado, sino por el hecho de dejar el trabajo. Por más pensador, rebelde,
anarquista, libre, como quiera llamarlo, por más salvaje que sea una persona, abandonar el
puesto laboral duele, y concluyo, sin mucho análisis, que es por el daño hecho, desde la
infancia, la pre-adolescencia, la adolescencia, la adultez joven, como decía Severino Di
Giovanni (el dolor de: tener, no tener, o buscar trabajo, es dolor), toda la vida encaminada
hacia una sola función: trabajar. Dejarlo deja en uno la sensación de que pierde la
oportunidad de vivir algo, de que algo acaba, y eso deja un gusto amargo, de difícil digestión
si tenemos en cuenta la cultura mencionada, la búsqueda de trabajo, la concreción en el
trabajo de la vida misma, del sentido completo de la existencia, dejarlo, es un poco ir en
contra de todo lo que uno es, por la formación obtenida y por la cultura en la cual se vive.
Abandonar el trabajo es siempre perder algo, y muy rara vez tener la oportunidad de hacer
algo nuevo. Se esta mal, no hay otra.
Juego con los números para encontrar una justificación a mi decisión, pienso en lo que cobro
y en lo que sale vivir. Veamos, el sueldo básico ronda los ciento setenta mil pesos, en este
trabajo cobro ochenta mil al mes, uno a cero a mi favor. Gano cuatro mil pesos al día, en
dolar blue son casi seis, en dólar oficial son exactamente diez dólares con nueve centavos,
más gráfico: un kilo de azúcar sale mil doscientos, mil trecientos pesos, por ahí anda; el kilo
de carne en algunos lugares cuatro mil, en otros tres mil seiscientos y así, todos estos
números me dicen que no debo seguir trabajando allí, sin embargo, duele. La cultura y la
pobreza de mi bolsillo, si pienso en ellos, seguiría trabajando allí hasta reventar, y otra vez
vuelve a mi cabeza esa idea de que como nací un martes, esto puede ser algo poético.
Ayer lunes no pude escribir, hoy me encontré con todo esto, y si bien esto es un texto sin
filtros, una improvisación general y no sé si con demasiado sentido, en una libretita verde,
voy anotando tópicos, puntos a modo de que hablar, y partir de allí si me llego a quedar
bloqueado en un momento. Con ironía releo el tópico que esta encabezando la lista hasta
ahora: “de una bici casa y/o cobrar los viernes”. Imagino que si no tuviera miedo viviría en
una bicicleta, o mejor dicho, tirando de mi casillita con una bicicleta. Busque en Google,
usted lector, lo siguiente: “Byke camper”, y si no le aparecen muchos ejemplos intente con:
“Byke camper for homeless”, con este último imagino que verá ejemplos mucho más
creativos y sin tanto sentido comercial que como el primero. Luego, la segunda parte del
tópico dice algo sobre cobrar los viernes. Antes de conocer a ‘O’, mi visión sobre la vida
ideal era crear una byke camper, bien armadita, con aislación y algún tipo de baño, y vivir de
esa forma, haciendo cualquier changuita para cobrar los viernes, y estaría viviendo sin
dudarlo de esa manera si hubiera tenido los sesenta mil pesos que por entonces necesitaba
para construirlo. Luego conocí a ‘O’ e imaginé otro tipo de vida junto a ella, me refiero a esa
postura un poco machista de querer darle a la mujer que ama una “buena vida”, sí, puede que
tenga algo de machismo, no sé cuanto, pero si sé que muchísimo de amor; como decía, no
condenaría a ‘O’ a vivir así, pero un día, hablando por hablar, me dijo: ‘hagámoslo’, entonces
confirmé dos cosas. La primera, que elegí bien, la segunda. que está más ‘loca’ que yo al
estar conmigo, aunque es más sencillo el asunto: es más fuerte. Pero así imaginaba mi vida,
con una bici-casa a mis espaldas y cobrando algún peso el viernes, escribiendo y leyendo
mucho, libre, sobreviviendo a fideos blancos y alguna comida normal (aunque cada vez es
más lujosa). Se sufriría menos, no se pensaría tanto en la llegada del viernes, al menos yo no
pensaría tanto en eso, no haría cuentas para sobrevivir siete días y guardar para el alquiler, la
luz, etc. Cuando ‘O’ me confirmó que en algún momento podríamos hacer esta idea,
estábamos en la plaza San Martín, un atardecer de viernes que hacía parecer que estábamos
en primavera, la gente vestida con remeras y pantalones cortos aunque estuviéramos en
invierno. Yo le dije: ‘Amor, imagínate que ahora no tendríamos que ir a ningún lado, que
nuestra casa estuviera aquí, al lado del banco de plaza, y más tarde, cuando llegue la noche, la
llevaríamos por ahí, nos dispondríamos a dormir y comer, imagínate que no estaríamos
mirando la hora como estamos, para volver al cuartito, pensá que no tendríamos que ir a
ningún lado, ningún apuro por nada, solo aquí, sentados, tres horas más si quisiéramos, y
mañana otra vez, hacer lo que quisiéramos’. Puede que la bici-casa solo sea una quimera, u
otra forma injerta en esta forma que conocemos, haciendo uso de la misma, pero no formando
parte en sí, con el cuerpo, de esta vida de cuentas.
‘O’ interrumpe esta escritura para mostrarme un poema que le regalé hace unos meses,
escrito porque sí, y dedicado luego a ella, dice lo siguiente:


AMARTE
Te puedo amar, por fuera de todo,
Bien lejos de esto, de cada cosa…
Porque acá,
Entre escalinatas y pasillos,
En horarios,
Entre costumbres y consumos,
Mi amor es monedero,
Mi amor son centavos…
Puedo amar, verás cuánto,
Si miras allí…
Donde las formas son escasas,
Y de las reglas nadie sabe,
Donde no esté prohibida la intensidad,
Ni mal visto apostar,
Lejos, te puedo amar,
Aquí dentro, habría riesgos,
De que esté cansado y mi amor, acá, no sea amor…
Y cada gesto que figure regalar,
Solo sea una costumbre, un estándar,
Siempre que haya porvenir, dinero…
Mi amor cero positivo,
Un día nublado,
Y si existiera aquí, la posibilidad—amar…
¿Qué amor podría darte, yo, aceptando?
Solo fuera de todo sería real,
Donde no pueda, regalarte nada. Amor.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #10

“Volviendo al origen, mi primer ataque de pánico fue hace unos diez años, era al mediodía, lo
recuerdo bien, estaba comiendo y un simple reflujo estomacal hizo que todo estallara.
Recuerdo tirarme al piso, llorando, creía que estaba teniendo un infarto, recuerdo también a
mi madre, tomándome la mano mientras intentaba calmar mis gritos de “llamá a una
ambulancia, hija de puta, ¿¡por qué no llamas a una ambulancia!?”, era mi fin, estaba seguro.
Diez años después puedo ver otras cosas, como por ejemplo que la angustia siempre estuvo
ahí, dentro de mí, acompañándome, esperando. Uno de estos recuerdos recurrentes, que estoy
seguro jamás olvidaré, es lo que me hizo dejar la escuela secundaria: “tenía un compañero
que se llamaba Ian (aún se llama), le decíamos manzanita. Ian intentaba llevarse bien con
todos, no era muy alto, de estatura por debajo de la media, regordete y con la tendencia de
que sus pómulos enrojecían con facilidad; un par de condimentos para tomarlo un poco de
punto. Un día, a este tal Ian lo tenían arrinconado contra una pared, dentro del salón, no
recuerdo el detalle de haciéndole qué cosa, si molestándolo o incluso golpeándolo; la cosa es
que Ian estaba sufriendo mientras todos los demás reían, en un movimiento, una de las
mangas de su pantalón se le sube casi hasta la rodilla, eso me dejó ver un calcetín hermoso,
colorido, daba ternura que este chico que estaba siendo maltratado tuviera un calcetín tan
lindo, y de hecho era un calcetín como el que nunca yo había podido vestir hasta entonces.
Sin ningún aviso, comencé a sentirme mal, pero no ya por Ian, que era el que en definitiva
estaba sufriendo los golpes, sufrí por la madre de Ian y por la abuela, hasta por las mascotas
de Ian. Me imaginé que si tanto sus familiares como sus mascotas, tenían una mínima idea de
lo que a Ian le sucedía en el colegio. Vi a su madre, o a su abuela, colocando con ternura la
media para que el niño la vista antes de asistir a clases, las vi luego, con esfuerzo, higienizar
la prenda y dejarla lista para un nuevo eso, vi todo lo que hacían para poder comprar ese par
de calcetín tan lindo, tan colorido. Calcetín que era testigo también de los gritos de Ian
pidiendo que lo dejen en paz, que por favor ya no lo molesten. Pensar en eso, en como
lloraría su madre, en como lloraría su abuela y hasta sus mascotas, incluso hasta el calcetín si
pudiera, en como lloraría el mundo por lo que estaba sufriendo Ian, me dejo una sensación
tan honda en el pecho que poco a poco escalo a forma vertiginosa, mi interés por asistir al
colegio, a cualquier tipo de colegio, se esfumó. Jamás lo dije, omití siempre este testimonio al
intentar explicar en casa o a cualquier persona, porque decidí abandonar la escuela,
simplemente ya no podía, me generaba “eso” en el pecho y no quería volver a sentirlo. Por
supuesto, para el resto “el vago la dejo por la calle”, me importa poco lo que hayan pensando.
Tenía trece años cuando sentí “eso” por primera vez, hoy veo que era angustia, y no sé bien
por qué vino por esa imagen del calcetín hermoso que Ian vestía mientras lo maltrataban.
Después, en los años que separaron ese primer contacto con la angustia hasta mi cagazo por
el posible infarto, he tenido momentos en que sentí algo parecido, no tiene mucho caso en sí
narrar cada uno, pero puedo contar como me vi en esos años y como me veo hoy con un poco
más de distancia, jamás lastimé un animal, al menos no de forma directa, me tocó presenciar
a alguno del grupo con quienes vagaba mandarse alguna macana, yo aguantaba las ganas de
llorar por el pobre bicho y al volver a casa abrazaba a mis perros. Ya he comentado sobre un
robo que cometí, el mismo año del episodio con Ian, no tenía zapatillas, un par de amigos de
mi misma edad me dijeron que me harían el aguante, una cosa llevó a la otra y nos
encontramos en el centro golpeando a un grupito de rubios (en verdad eran rubios, no intento
decirles otra cosa) y amenazándolos con un cuchillo para sacarles las zapatillas”.

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Relato: Diario de ansiedad. Parte #9

“Mañana hay elecciones, no pienso ir, no voté nunca. Todos los rostros políticos me generan
nauseas: tengo la tendencia de imaginarme a las personas cuando recién se levantan, verlas
así, despeinadas, con los ojos hinchados, seguir como si fueran música sus movimientos
lentos, el comienzo del día, el camino de la vida. Intentar ver, en los cuerpos transpirados,
aún con el olor de su piel, aún con mal aliento, con el pelo pegado, como surgen, desde las
sombras aún, como se erigen las justificaciones; y me imagino en paralelo a las caras
sonrientes a la fuerza, simpáticas de forma obligada, de estos tipos y tipas que nos piden
nuestro voto, implorando le demos la chance de salvarnos, vómitos. Un hombre que había
tenido casa, luego de perderla por intentar emprender en este suelo, luego de años de manejar
un taxi, me dice, al enterarse de que nunca voté: ‘a entonces no te podes quejar’. (Todo me
dice siempre que los grilletes nunca dejaron nuestros tobillos de esclavos). Él me dice que no
me puedo quejar, yo salgo a defenderme detrás de la postura que reza: decir que NO también
es un derecho. Si siento que nadie me representa, que estos personajes de camisa y zapatos,
con panzas llenas, están muy lejos de mi, muy lejos de todos los que conozco, ¿por qué me
obligan a elegirlos? Los grilletes siguen estando. Este hombre me retaba por no haber votado
nunca, sin cuestionarse con verdaderas entrañas todas las veces que él había votado mal, a lo
sumo espetaba un “que se le va a hacer”. Es una buena persona, sin maldad, imagino que ha
engañado alguna vez a su mujer, obvio, es fácil enamorarse del trabajo y aceptar todo si se
tienen ciertas libertades. En fin, no era su culpa, al menos no en la superficie, pero si se
escarba un poco la cuestión si que es posible ver que hicieron las generaciones anteriores para
evitar esto, no hicieron un carajo, pero todos estamos aplastados por nuestros gastos, por
llevar adelante la familia, ¿es eso suficiente? ¿La absolución es así de barata? Después
pensamos en las madres, en las mujeres, en los niños, en mayor medida o en menor medida,
hacemos todo por ellos, justificamos, votamos para el culo y mientras los que amamos tengan
para comer, a la mierda el resto, así se vota, por eso elijo no hacerlo.
Hoy pensaba en como hace el resto para tener cosas, rara vez he tenido o conseguido algo.
Pero muchos de lo que conozco logran, bah… “decir lograr”, me refiero a alguna cosita
material. Me importa poco, las cosas materiales, muy poco y seguramente ese desdén por las
cosas hace que no pueda conseguirlas. Pero lo pienso porque durante épocas, años, me he
esforzado, y a lo sumo podía darme el lujo de comprar un helado para mi y para mi madre un
sábado a la noche, el resto: alquiler y comida hasta llegar al próximo pago semanal. Podría
armar teorías: lo logran de cierta forma ilegal, lo patrocinan los padres, etc. No sería correcto
lucubrar alguna forma más o menos ayudada, me da igual lo material, no quiero ponerme a
ver al resto, solo concluyo que por lo general, no consigo nada de nada, me voy de un trabajo
tan desnudo como como entré.
Ya le dí a usted lector, la nota o argumento sobre lo que busco con estas palabras, escritas sin
filtro o control alguno. Aquí no hay raciocinio o algo por el estilo, es una improvisación
volcada sobre el papel. ¿Digo esto porqué? Lo siguiente: concluí sin inteligencia, que la
mujer, la pareja en general, tiene un deseo incontrolable de salir, no importa a donde, salir por
salir, pasear, no es ni algo bueno ni algo malo, pero me rompe mucho las pelotas, de dónde
nace eso, querer salir por salir a donde sea, solo vestirse e ir uno al lado del otro mirando sin
sentido las calles que conocemos de memoria. Estoy mintiendo un poco, lo que me rompe las
bolas hoy es esa manía de ‘O’ de querer ir de los padres, todos los días, arrastrarme a mí
hasta allí, le comenté, ante esta gimnasia, lo siguiente: “a que mierda vamos de un par de
viejos casi-analfabetos con el discurso del evangelio tatuado hasta en la médula”. Bueno,
después me toco remar. Solo me agarró en mal momento, como puede ver no hay raciocinio
aquí”.

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