“Sí, septiembre me parecía un mes mágico. Siempre sucedía algo interesante, un proyecto,
alguna conquista, algún pequeño éxito económico que me dejaba unos billetes en el bolsillo,
algo siempre pasaba. Pero la cosa fue cambiando, mientras más crecía más difícil era que este
mes fuera aquello que había sido: aromas frescos que el invierno no podía alcanzar,
atardeceres con algún sentido. De forma gradual y silenciosa, este mes tomó el cuerpo de una
bestia dura y pérfida. Un diecisiete de septiembre falleció mi hermana menor, después de eso
todos los meses son malos, cuando todo florece, cuando los estudiantes y la vida completa se
vuelve festiva, me sumergí en lo más oscuro que pude vivir y me doy cuenta que aún no
puedo irme de allí, de ese cuarto frío donde mi hermana ya no esta. Hoy tengo hambre,
recuerdo a mi hermana, veo a mi madre, veo a ‘O’, y no se porque permití convertirme en
este infeliz que no tiene ni trescientos pesos para poder comprar un paquete de fideos.
Me acerqué a ‘O’, que esta tirada en un rincón del cuarto, sobre un colchón de goma espuma
pelada, decaída, la beso y le digo que me encanta su perfume. Sonríe. Pienso en mi hermana,
no quiero hablar de ella en este libro, creo que no podría hacerlo, su memoria merece algo
mejor, pensar en ella requiere un trabajo interno, de abstracción fuerte, para mí, la muerte de
mi hermana menor implicaba por una cuestión biológica, mi propia muerte. Es seguro que
esto, para mi madre, para cualquier padre, es mucho peor, uno muere antes que los hijos, que
una hermana menor, el problema entonces es que seguimos aquí, y no terminamos, no
termino mejor dicho, de entender esta última parte, aún vivo, y no se muy bien que hacer con
esa cuestión.
Estar con hambre implica una cercanía a la calle, de seguro en algún momento, si no puedo
comer, menos aún podre pagar el alquiler. Hace dos meses tuve la idea de sacar un folletín
literario con entrega semanal, escribí tres o cuatro y ahí quedo mi proyecto, esperando. El
primero de esos folletines se titula: “¿Qué tiene la calle?”. Una oda casi al pavimento frío y
sucio, allí terminamos desnucados, y en el folletín aplaudo esto, terminar así. La realidad es
dolorosa y toda teoría es un espejismo poético, luego esta el mundo y lo que cada cual tiene
en el bolsillo. Edgar Allan Poe murió en un callejón, Pizarnik necesitaba ayuda para trámites
básicos, y así hubo muchos más. Rondan desde millones de esquinas estos tipos de almas
parecidas, destinadas a la calle, algunos escriben, otros pintan, otros mueren bravos, otros
viven a los tiros, todos de alguna forma, los cercados por la inutilidad para con las cosas,
morimos por, en, o cerca de la calle. El banco de la plaza puede ser el precio, tal vez. Lo de
escritores en la calle lo puedo llamar como el padecimiento de escribir, la enfermedad, una
adicción maldita. Hoy en día los escritores necesitamos apoyarnos en nuestros fans, el
mecenazgo de nuestros seguidores, según el marketing, etc etc… Es más o menos lo que
sucedía antes, pero necesitando muchas más personas. Tiempo atrás bastaba solo ser amigo
de un príncipe, de algún rey, para andar escribiendo todo el tiempo bajo el padrinazgo del
mismo, sucedía en Europa, acá, los latinos probablemente siempre sufrieron bastante.
Quiroga es un ejemplo de ello, que sin llegar a la calle, su propia vida parece sacada de su
libro: “cuentos de horror, locura y muerte”. Un profesor gallego de filosofía explicaba que el
mayor enclave de un filosofo era que corno hacía con su relación con la ciudad, si se
mantenía dentro o fuera y sobre todo, si decidía quedarse dentro, como lo iba a lograr. A mi
lo que me interesaría saber es dónde se desencadena esa tormenta de desgracia, poder
describirla, hacerla carne y quizás ponerla en un cartel: ESCRIBIR PUEDE SER MALO.
Bukowski decía que no importaba. Llego a la misma conclusión, escribir no implica comer o
ganar dinero, es otra cosa, es incluso olvidar las rutinas biológicas, si se come, bien, si no se
come, mal, pero hay que escribir. La calle esta ahí, seamos escritores o metalúrgicos, siempre
espera, hay que reconocerle su paciencia y el fantasma que creamos alrededor de ella es
nuestro fantasma, un concepto social que se escapo de los marcos teóricos y tiene el filo de
una guillotina. Escribir es eso. Por eso quizás me parecen tan falsos estos narradores progres,
de la nueva era, con una birra artesanal en la mano, leyendo poesía en un bar del centro, en un
ambiente aclimatado, bien lejos de la canción del oro, de Rubén Darío”.
Podés encontrarlo completo en: https://ceroobediencia.site/2026/05/24/relato-diario-de-ansiedad/