EL DROGADICTO DE A PIE
Veo, como usted, miles de veces en canales de televisión a periodistas, investigadores o personas de cualquier puesto político diciendo más o menos cosas parecidas entre ellos: “El drogadicto, la droga, es un problema de salud pública”.
HAY QUE QUITARSE LA VENDA: Si no les hiciera tanto ruido, ya que sería como una demostración de avaricia explícita, la droga, por sus jugosas ganancias, sería un negocio controlado por el estado. Pero allí romperían su sentido de pureza moral que les justifica su existencia, es un paso que los deleita y que al mismo tiempo temen dar.
Bien, volviendo al hecho de los drogadictos como gasto público, es, en ciertos vectores sociales, una mentira inmensa. Piense en una mujer y en un hombre mayor de 25 años, con tatuajes feos, mal hechos, con cuerpos flacos, ropa muy usada encima, ropa sucia o de aroma neutro, piense en personas que todo el tiempo están pensando en consumir, en vender las sillas, las garrafas, algunos y algunas con nódulos que provienen de sus muelas, y también manchas en distintas partes del cuerpo, en gente que puede caminar 12 kilómetros buscando al proveedor, que jamás sabe si tiene un resfrío o cáncer pulmonar, u otro tipo de cáncer, o sida, o cualquier enfermedad que nos aterra. Come cada día por medio, pues no le apetece, no le “nace” el hambre, incluso está más dispuesto a una changa mínima en pos de drogarse antes que de comer. Así viven décadas, muchísimos años, bien puede pensar: “qué exagerado”, pues conozco gente de más de 60 años que se comportan así, quizás algunos cambian hacia un alcoholismo con un único fin: cirrosis. Entonces, si el 99% de esta gente no va a acudir a un hospital público durante décadas, pregunto: ¿dónde está el gasto público?
En serio nos tenemos que tragar esa mentira, cuando al gasto público en salud no le importa ni los dientes de los pobres, que apenas pueden cuidar los manchados y cariados dientes (3 o 4) que le quedan en su boca, por más que jamás se haya drogado. Si ni esas personas son atendidas con la prevención de la enfermedad en la acción de evitar que una gripe se convierta en una neumonía, o un caso de apendicitis termine en peritonitis, y así podría seguir.
Nos hablan, nos gritan desde sus pedestales morales, tanto el estado como el buen ciudadano, sobre cómo tienen que ser los días en convivencia ciudadana. ¿Sabe el estadista como es la mañana del adicto? ¿Cómo es cuando llega la noche? ¿Saben los grises ciudadanos del bien? ¿O simplemente escuchan los decires basados en datos que no son para nada reales?
El único gasto que un drogadicto le dará al estado, es el de ver en donde lo enterramos o a que casa velatoria le envían el cheque para su cremación, gasto que generamos todos los pobres, seamos drogadictos o no.
CENTROS DE REHABILITACIÓN
Pienso que para que una persona busque ayuda en un centro de rehabilitación, cualquier sea, e internar a un familiar, debe haber una estructura cognitiva distinta, debe saber y conocer un mundo mejor, entre comillas claro, mundo alejado de aquí, de terrenos con 15 casas de lajas, dónde cada uno es un micro barrio con sus reglas. Tiene que haber visto que si, que claramente es posible cambiar, no desperdiciar el resto de lo que quede de vida, bien, todo este tipo de logros y realidades alcanzables, aquí se desconocen, hay ambición, si, hay sueños, si, pero realmente están muy lejos de lo que cualquier persona de clase media puede ver, pensar, sentir o construir con constancia y esfuerzo, todo ese combo de mixturas que es necesaria para tomar la decisión de internar a alguien, y si no se poseen los recursos, ahí si cargar el saturado sistema público nacional.
El único gasto público de un pobre, está en su nacimiento, la infancia (cada vez menos aportes estatales) y, como ya dije, en su muerte.
Lamentablemente hay que entender cosas muy duras y son las siguientes: si alguien escribe la palabra “hola” ¿por qué asumimos que no es un analfabeto? Saber leer y escribir, tiene que dejar de ser la vara del analfabetismo, al menos por estos lados. Aquí no se conoce el concepto ni la palabra “rehabilitación”, imagínense que me han preguntado: ¿qué es una garantía? O, me han llamado cientos de veces para que les traduzca (con mi nulo conocimiento penal), la citación de turno de la justicia, o la presentación en PDF del fiscal o fiscales de turno que dieron en alguna audiencia imputativa. ¿Por qué digo todo eso? Porque intento explicar que no hay un GPS de mejora que pueda aplicarse, nada llevará a estas personas a pensar en rehabilitación como algo necesario para una vida mejor, como el primer paso.
Vuelvo a decirlo: aquí, el drogadicto jamás será un gasto público. Ese mensaje que dan, es solo un refuerzo moral y sistémico. Hay vidas enteras de puestos burocráticos que dependen de la droga vista como problema para sostener sus vidas económicas, para tiparlas y clasificarlas, para hablar sobre droga. El estado hace todo el negocio completo con la droga a excepción de uno solo: no la vende. No puede permitirse perder su imagen de pureza. Sin embargo, tiene un circuito de justificación inmenso alrededor de la droga.
Piénselo un segundo: ¿De qué hablaría? No vaya a ser cosa que lo único ilegal que llegue a los medios de comunicación sean los delitos de guante blanco, los fraudes bancarios y empresariales donde los ganadores, siempre viven en los mismos barrios privados, con estrafalarios apellidos, etc. Un montón de lugares a donde la policía no puede ir a justificar, ni a ejercer la misma violencia y avasallamiento espectacular de derechos para luego salir aplaudidos en redes sociales. Hay cosas que no se tocan.
El drogadicto como gasto de salud público no mueve ninguna vara, no es un problema político, es una necesidad estatal, disfrazada, muy disfrazada.