Una vez vi el kiosco de mamá, sabes, era igual pero no era el de mamá en sí, quiero decir que lo que vi era un kiosco igual a como mamá lo hubiera tenido, de eso estoy seguro y a eso me refiero —tomaba un mate y de a ratos, Bautista, hacía una pausa, mientras su amigo escuchaba y se encargaba de devolverle cada tres minutos, el dicho mate— Porque cuando volví de la gran ciudad tenía en mente ese regalo, un kiosco que sea casi un almacén, es decir que tenga algunos productos que por lo general se consiguen en un almacén cualquiera y no en un kiosco de esos como vemos en el centro, entonces, para explicarme mejor, era más bien una despensita con cosas de kiosco o un kiosquito con cosas de almacén, según quieras verlo, y como dije, lo vi, y la señora no era en nada parecida a mamá, la señora que atendía el kiosquito/almacén, pero sí tenía más o menos la misma edad; y entonces al verlo se me rompió el corazón a la vez que me di cuenta de que si le hubiera hecho tal regalo a mamá me hubiera muerto de tristeza, y no por el kiosco o por que cualquier cosa dentro del mismo estuviese mal, al menos así como lo vi a ese, que hubiera sido igual al de mamá; no, no hubiera muerto de tristeza por el aspecto del almacén kiosco, sino por los cartelitos y por la visión que tuve, y que hasta el momento de descubrir ese kiosco que tanto había imaginado, esa visión no se me había representado. Porque lo pude ver todo a detalle, sí, desde afuera me di cuenta que el kiosco con cosas de almacén era un garage, y por dentro dejaba ya de ser garage y se convertía en dos cosas, la primera mitad del garage era el kiosco en sí, luego, a la mitad, una gran cortina dividía lo que era el almacén con cosas de kiosco y pasaba a ser una casa de familia, diminuta por supuesto, porque de forma disimulada, haciéndome el que buscaba algo en las pocas estanterías, pude ver que tras la cortina había una camita de una plaza y encima de ella una frazada muy correcta y prolija de color marrón, al costado de la camita dejaba verse un baño diminuto, luego, en la pared más cercana a mi, un televisor colgaba de ella y reproducía un partido en silencio, eso era toda la casa, y estaba ahí: detrás de la cortina que intentaba disimular que la kiosquera tenía su casa y su comercio en un solo garaje; pensé que el tiempo no modifica las costumbres, más bien se me hace que estas y el pudor es moldeado por nuestras crisis económicas;en fin, giré y vi a la kiosquera terminando de embolsar mis compras sin darse cuenta de mi mirada hacía su casa, pero la visión no es eso, lo que vi, y fue culpa de los cartelitos, si, de los cartelitos de los precios debajo de cada producto, eran hermosos y mientras pagaba vi esa visión y concluí que me salvé de haber muerto si le hacía ese regalo a mamá, porque la vi levantándose, no, mejor dicho despertándose entre las siete y veinte y las siete y media de la mañana, abriendo los ojos y, desde la cama, tantear en la silla que cumplía el rol de mesita de luz, tocar el control remoto del televisor y encenderlo para iluminar un poco el cuarto. Desperezarse un poco, ir al baño y poner la pava para el mate, luego abrir el kiosco a las ocho en punto mientras algún noticiero inunda desde el televisor todo el garage/casa/almacén, y la vi sentarse detrás de ese mostrador que siempre imaginé, a esperar, a casi rezar porque entren clientes, con el sueño entre los ojos de alguna vez expandirse y demás, con la esperanza inquebrantable, con amor; y con ese amor estaban hechos los cartelitos, cada producto con su cartelito, incluso los que estaban en la heladera, todos los precios dibujados con amor en un pedazo de cartulina amarilla recortada con paciencia y una inquebrantable esperanza, y lo que es hermoso, lo que me maravilla, es esa esperanza por la vida en sí misma, imagínate, una persona entrando en la tercera edad, mamá, pasando todos sus días, desde que se levanta hasta que se acuesta, todas las horas del día, dedicada a esos cartelitos hermosos, recortando y dibujando precios, con paciencia, imagínate, un trabajo de nunca acabar en este país, dónde tenes que retocar los precios a diario, y hacer todo ese trabajo día a día con entera felicidad, contenta de haber visto entrar al negocio a diez o doce clientes como mucho, esperanzada de que algún día podría expandirse, y satisfecha con su día a día, con su casita/kiosco/garage; ganando no más del treinta por ciento por cada producto vendido, porque mamá siempre odió a los almaceneros ladrones, y así y todo, feliz, y el hilo de tristeza, de nostalgia, no esta en esa rutina que a mi me desesperaría, y a otros tantos igual, sino que pienso, ¿Sabes lo qué es perder a una persona así? Que puede pasarse décadas trabajando allí, sin perder jamás la esperanza, pensar eso es lo que me hubiera matado. Pero por eso pude ver que mamá es una maestra.