PRIMEROS CONTACTOS
Argentina le ganaba a México 2 a 0 en el mundial de Qatar, y al finalizar el partido, en 10 minutos, organicé todo lo necesario para mudarme. Fue un movimiento de escape, debía 2 meses de alquiler, y para todo dueño eso es imperdonable. Encima, el dueño del departamento que alquilaba vivía a dos casas de distancia. Primero, me aseguré de que su camioneta no estuviera en la vereda, y recién entonces llamé al fletero. Mi madre pensó que sería una mudanza normal, organizada; nada de eso, la apuré y me apuré, 10 minutos, sino, debería dar explicaciones y demás. Aparte, sabía a dónde íbamos y mi madre no, ella pensó que entraría todo lo que teníamos en ese departamento, en el nuevo lugar, pues no, solo era un cuarto de lajas de tres metros por tres metros con chapa vieja y oxidada a poco más de dos metros de altura. Le grité lo que debía dejarse, ya que ella no notaba que la cosa debía realizarse con urgencia. Las mesas y las sillas no van, su cama de dos plazas tampoco, el lavarropas tampoco, nada, solo el colchón de dos plazas, la cama mía, que luego ella usaría y yo dormiría en el piso, y las bolsas de ropa. El televisor, los cuatrocientos libros (sin la biblioteca), y cualquier cosa que entrara en una caja, nada más. A, si, llevamos la cocina, mi plan era cambiarla por un ventilador ya que el verano estaba llegando y sabría que allí, el calor, sería infernal, y como la cocina estaba preparada para gas de línea, y no contaba con plata ni para garrafas ni para cambiarle los picos, adiós cocina. Como sea, metí a la gata en una bolsa (porque jamás volvería a abandonar un animal por ser pobre) para llevarla con nosotros, y adiós departamento.
Al llegar estaban todos en la vereda, recuerde que era época donde el calor comenzaba. Unas 8 personas adultas vivían en el terreno, cada cual, en su piecita, y unos 6 niños. Ahora, nos agregábamos mi madre y yo. También, cuando llegamos, estaba la “bandita” que el Chef manejaba o que, por fuerza de atracción o carisma, se acercaban a él. Las caras eran raras, duras, feas, nada amigables. Pero pensé: “bueno, el Chef tiene una remera de que trabajaba en espacios públicos en la municipalidad, no va a pasar nada, sino no trabajaría allí”. Me preocupaba mi madre más que nada. Todos se portaron perfecto ese primer día, y siempre, pero estamos hablando de ese día en específico. Me ayudaron a descargar todo de la camioneta del flete, y a ingresar todo a mi cuartito, me saludaban, era todo relativamente normal. El Chef me llamó aparte y me explicó: “acá somos humildes, pero somos todos familia, todos los que viven acá (los adultos y niños a los que me referí) son familiares, lo único, es que somos humildes, nada más”. ¿Se estaba disculpando? Este Chef era el biotipo perfecto, la delicia de un fiscal y de cualquier carga penal. Gordito, moreno, pelo cortado al estilo Daddy Yankee, y con una cara de malo que parecía a propósito. Hablaba casi gritando, y elevaba las manos siempre que hablaba. La primera noche yo imaginaba que mientras estuviésemos durmiendo, entrarían y se sacarían fotos con nuestras cabezas apoyadas en sus armas, y esas cosas de delirio, pero me tranquilizaba la remera de la municipalidad, soy un estúpido.
Hoy, a la distancia, incluso con todos los malhumores y “deficiencias” en cuanto a las reglas de convivencia que no existen casi y que me tuve que fumar en estos años, todos, en mayor o menor medida, me ofrecieron en esos primeros contactos, una especie de disculpa por la humildad del lugar, por tener que vivir de esa forma. Es decir, gente a la cual mucho la ilegalidad de un hecho le es indiferente, se disculpaban por ser humildes. Por tener que compartir un baño, por usar como puerta de ese baño, simplemente una cortina. Por cada costumbre que ellos intuían me eran ajenas o raras, por todo lo que me pudiera parecer desagradable: sus disculpas. Y el primero que lo hizo fue el mismo tipo que hoy está condenado, y a quien todos aplauden su condena por ser un criminal. No quiero pasarme a la romantización, o a la atmósfera poética que mi cabeza rara pueda crear, sino que, este Chef, hacedor de robos armados, se disculpaba ante un completo desconocido que entraba en su mundo, por la humildad del mismo. Un punto importante de resaltar, es que nunca cometió un delito violento contra el individuo común. Siempre, si usaba la violencia era para robarle a otro “transa”. Y me lleva a pensar ¿Cómo dañó a la sociedad? Si, también aquí, muy lejos del centro y de esos bares progresistas que tienen precios elevadísimos, la droga actúa de otra forma, y arruina vidas realmente. Pero no vi cómo, no veo como, la droga, para gente pobre, consumida por gente pobre, se convierte en un problema de salud pública, y por lo tanto en un gasto estatal, y por ende en un delito contra el estado o la administración. En todo caso, lo que si es, es un suicidio en vida. Corpóreo. Te aseguro que ningún “fisura” o drogadicto se convierte en un problema de salud, será, a lo mejor, un debate de en dónde enterrarlo luego. Pero no generará un gasto de salud mientras viva. Seguiré con este detalle más adelante.
Ahora, en esos primeros momentos que se convirtieron en meses, aprendí algunas reglas de por aquí, una: nunca mires ni intentes curiosear nada. No preguntes. Y no te hagas el “poronga” porque vas a tener que responder. Si se quiere, las partes más salvajes de las reglas. Pero, me empezó a interesar este Chef, su forma de ser. Bromista, compañero, preocupado.
Siempre se ocupó de que la “abuela”, la señora de mayor edad que vive en el terreno, estuviera cómoda. Antes de poner pisos a su propia casa, se los puso a la abuela, para frenar un poco la húmedad quizás; le cerró una pared, se preocupó por que siempre las cuentas de luz y los costos de la comida estuvieran bien, que no haya nadie sin comer.
Yo arrastraba un problema al mudarme aquí, había vendido una heladera (en ese devenir económico propio) y el tipo que la compró resultó ser el hermano de uno de los traficantes más grandes de venado, en su tiempo claro. Dejó la heladera parada 3 meses, y cuando la prendió no tenía más gas. Una boludez, pero viene al caso, porque tenía que reembolsar la heladera o esta persona, un poco jodida, según decía, cuando me cruce en la calle, me haría cosas. Frenó en su auto importado un día, bajo en tono amenazante, y encaró para mi cuartito. Fue lo peor que pudo hacer, ya que el Chef, por estar en el “mismo rubro” lo conocía, y respondió por mí. A semanas de conocerme no más. Para no hacerla larga, este “mafioso” por ser el hermano de, se fue con los ojos llorosos y nunca más me molestó. Y cada vez que me cruzó, simplemente giró la cabeza hacia otro lado.
Otra cosa que me sorprendió en esos primeros tiempos, es ver que la preocupación por el bienestar de la familia era la misma que tenemos todos. Al menos por parte del Chef.
Tengas el estado económico que tengas, seas rico, clase media, cualquier tipo de trabajador, la preocupación que tienes por tu familia, tus padres, tus hijos, tu pareja, ayudar de vez en cuando a tus amigos, pedir ayudar a tus amigos en malos momentos, es la misma, seas el director de un banco, o quien sueña con robarlo. Por supuesto, lo que rompe con eso, es la adicción a la droga. Y tenemos en ese perfil de adicto perdido, el primer meollo del asunto, teniendo en cuenta lo que está dispuesto a hacer el drogadicto para conseguir más droga. Y este meollo es pura ironía, ya que, no es culpable el que se droga, dispuesto a llevar a cabo, en la faceta más dura de la adicción, cualquier delito para poder obtener más droga. Ese no es culpable, el consumo entra en el ámbito privado de cada persona, ahora, el que la vende sí. Esto es una barrera, una especie de borde moral, donde hay que justificar algo, siempre estatal claro. Porque la cuestión podría ser: el drogadicto no gana dinero por su adicción, no hay rédito económico, entonces, no hay delito.
Volviendo al hilo: tenemos un tipo que delinque, el Chef. En esos primeros meses de mi estadía yo lo sospechaba, claro, pero no sabía bien en qué delinquía o como.
Como decía, tenemos para usted un delincuente, que debe estar preso, porque según usted (ojalá que no seas ese tipo de “usted”) deben morir todos. Un delincuente que tiene las mismas preocupaciones, que se acuesta pensando en cómo lograr lo que desea, o cómo alcanzar su meta, de la misma forma en que lo hace usted, al menos el origen y la cuestión es la misma, cambia la mecánica que ejecuta. Un gran padre, incluso demasiado liviano, por así decirlo, a la hora de corregir caprichos de su hijo, un esposo que se ocupa de su esposa, de que este bien, que emprenda una tienda de ropa, o un servicio de esculpir y hacer uñas, de que la nona del terreno esta cómoda, que pase lindas fiestas, que los demás chicos coman, estudien, tengan ropa. Alguien que entra a los perros en invierno, porque lloran del frío, y no los quiere hacer sufrir, alguien que no impone como un tirano por su fuerza y su violencia, y para explicarlo daré el siguiente ejemplo:
A los cuatro meses, yo me junté con mi actual pareja, y las mujeres tienen costumbres que los hombres desatendemos, es lamentable pero es así, nosotros siempre seremos niños perdidos que no sabemos muy bien qué hacer, en cambio la mujer es fuerte, decidida y no permite boludeces, menos aún entre mujeres, y mi pareja y la esposa del Chef (por cierto, la dueña del terreno y por lo tanto de todos los cuartitos) chocaban, constantemente chocaban. Cada una intentaba imponer su carácter. Y si no me echaron a la calle o no hubo peleas físicas entre ambas, fue por mi intervención con mi pareja y por el Chef con la suya. Confirmé esto, a los dos años de vivir acá, cuando charlabamos de todo y me contaban, que sí, que el Chef le decía a su pareja, que éramos buenas personas, que había ciertas actitudes que no había que ejercer contra nosotros, y por supuesto la esposa lo entendió. Lo mismo yo con mi pareja, no podes pedir sonrisas y buen trato, si no lo das primera, vos sembras la semilla de lo que quieres ver. A lo que voy, el diálogo siempre era una opción para la resolución de conflictos, sino, bueno, me hubiera mudado hace tiempo porque simplemente nos hubieran echado.
Tenemos en frente un hombre de gran corazón, que puede ser cualquier vecino, el mejor vecino, o un vecino normal, a veces ruidoso, a veces héroe. Pero toda propiedad de ciudadano se pierde al elegir ser delincuente; él las perdió todas: al delinquir todos piden su muerte. ¿Por qué? ¿Arrancamos la flor si lastima con sus espinas a alguien? O ¿aceptamos la singularidad con su rispidez? ¿Qué hay en esa búsqueda de ser digno, por qué hay que ser perfecto, quién gana con que busquemos la figura diáfana del hombre o la mujer ejemplar?